(IX) La Oficina de los Diletantes
Autores:
Juan José Aversa
M.V. cPhD | C.M.O. IntegraVet®
& David González Santos
Especialista en Biomecánica Fascial y Mecanotransducción | ©auXMECh
...y tras un tiempo...
Los Exploradores continuaban esperando...
La Tediosa Espera
... ninguno sabía exactamente cuánto. En aquella región del Terreno las horas habían dejado de
comportarse como en otros lugares. Los días parecían más largos, las noches más breves y los
microciclos habían adquirido una extraña capacidad para dilatarse.
La última puerta de la Ciudadela Administrativa permanecía cerrada. Sobre ella podía leerse una
única inscripción:
CONSULTA DE INTERPRETACIÓN
David levantó la mirada. La puerta seguía sin abrirse. Volvió a sentarse. No preguntó cuánto faltaba. Había dejado de hacerlo varios microciclos atrás.
El gran vestíbulo permanecía casi en silencio. Algunas personas aguardaban con pequeños
pergaminos entre las manos, otras observaban el enorme reloj de la sala. Algunas dormían, otras
simplemente permanecían sentadas, como si el propio acto de esperar se hubiese convertido en una ocupación.

El mecanismo del reloj emitió un nuevo sonido. Un solo golpe.
David levantó la vista.
—¿Ha pasado una hora? Juan José observó las agujas.
—No lo sé.
David frunció ligeramente el ceño.
—Empiezo a pensar que este reloj tampoco lo sabe.
Por primera vez en mucho tiempo, Juan José sonrió. Y entonces, desde el fondo de la estancia, se
escuchó una voz.
—Es perfectamente normal.
Ambos se volvieron.
Un anciano permanecía sentado tras un escritorio inmenso. Tenía delante de sí montañas de
expedientes, mapas, pequeñas cajas de muestras y varios sellos de aspecto oficial. Levantó la mirada.

—Bienvenidos a la Oficina de los Diletantes.
David observó la inmensa sala. Centenares de escritorios se extendían hasta perderse en la distancia. Decenas de hombres y mujeres trabajaban en silencio. Transportaban documentos, examinaban pergaminos, consultaban mapas, movían marcadores de un escritorio a otro. Todos parecían extraordinariamente ocupados. Y, sin embargo, nada parecía terminar de suceder.
—¿Diletantes? —preguntó David. El anciano sonrió con amabilidad.
—Por supuesto.
Señaló la inmensa oficina.
—Aquí nos dedicamos a casi todo.
David recorrió los interminables corredores administrativos.
—¿Y en qué son expertos?
El hombre pareció pensarlo. Miró a un lado, después al otro. Finalmente respondió:
—En esperar.
El Tic, Tac... Tic, Tac...
El anciano volvió a sus documentos y el silencio regresó al vestíbulo.
David observó nuevamente la sala. Ahora que la contemplaba con más atención, comenzó a
descubrir pequeños detalles. Algunos funcionarios transportaban pergaminos de un escritorio a otro. Otros consultaban enormes mapas llenos de anotaciones. Una mujer colocaba pequeños sellos de colores sobre una montaña de expedientes. Un hombre movía unas fichas de madera sobre un tablero y después las devolvía exactamente al lugar del que las había tomado. Otro releía el mismo documento una y otra vez. Nadie parecía descansar, nadie parecía tener prisa y, sin embargo, la sensación de inmovilidad era absoluta.

—¿Llevan mucho tiempo haciendo esto? —preguntó David.
El anciano levantó la vista.
—¿El qué?
David señaló la sala.
—Todo.
El hombre observó a sus compañeros.
—Desde siempre, supongo.
—¿Y funciona?
El anciano pareció sorprendido.
—Por supuesto que funciona.
David frunció el ceño.
—Entonces... ¿por qué parece que no avanza nada?
El hombre sonrió con extraordinaria paciencia.
—Ah... porque avanzar y funcionar son cosas distintas.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Por alguna razón, aquella respuesta resultaba inquietante.
Entonces ocurrió algo, una pequeña campana sonó en algún lugar de la oficina. Nadie se sobresaltó. Una mujer levantó la cabeza, consultó un documento, lo selló, después lo entregó a otro funcionario. El hombre lo recibió con solemnidad, lo leyó, asintió y lo depositó sobre otra pila de expedientes.

David siguió el recorrido del pergamino.
—¿Y ahora?
—Ahora espera.
—¿Para qué?
—Para la siguiente revisión.
—¿Y cuándo será?
El anciano se encogió ligeramente de hombros.
—Depende.
—¿De qué?
El hombre reflexionó unos segundos.
—De cuándo le llegue el turno.
David miró la sala. Había cientos de expedientes, quizá miles.
—¿Y cómo saben cuál es el siguiente?
El anciano volvió a pensar. Esta vez tardó más. Finalmente respondió:
—Es una magnífica pregunta.
Por primera vez desde que habían entrado en la Oficina de los Diletantes, Juan José dejó escapar una breve risa.

David lo miró.
—No me hace ninguna gracia.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué te ríes?
El Explorador veterano observó la inmensa sala, después al anciano, después los interminables
escritorios y finalmente respondió:
—Porque acabo de recordar que yo también estuve aquí.
David permaneció inmóvil.
—¿Tú también?
Juan José asintió.
—Hace mucho tiempo.
—¿Y cuánto tardaste en salir?
El veterano observó la enorme puerta de la Consulta de Interpretación. Después levantó la mirada hacia el gran reloj de la sala. Permaneció callado, demasiado tiempo. Finalmente respondió.
—No lo recuerdo.
El mecanismo del reloj emitió otro golpe. Esta vez nadie levantó la vista y por primera vez desde que había entrado allí, David comenzó a sospechar algo. Quizá el verdadero peligro de aquel lugar no era la espera. Quizá era permanecer allí el tiempo suficiente como para dejar de saber cuánto tiempo llevabas esperando.
... y las Salas Interminables
El gran reloj volvió a emitir un golpe. Esta vez David sí levantó la mirada. Las agujas apenas se habían movido.
—Eso no puede ser correcto.
El anciano siguió escribiendo.
—¿El qué?
—El reloj.
El hombre levantó brevemente la vista.
—Funciona perfectamente.
—Pero apenas ha avanzado.
—Lo sé.
—Entonces no funciona.
El anciano dejó la pluma sobre el escritorio.
—Joven Explorador, aquí descubrirá algo muy importante.
Se acomodó ligeramente en la silla.
—El tiempo del Terreno y el tiempo de la Oficina rara vez coinciden.

David no respondió. Por alguna razón, aquella frase le había resultado demasiado familiar.
El hombre continuó.
—Ahí fuera, cada microciclo parece enorme.
Señaló el reloj.
—Aquí pasan... de otra manera.
—¿Por qué?
El anciano pareció pensarlo. Finalmente negó con la cabeza.
—Nunca lo he sabido.
Y volvió a escribir.
Algo llamó entonces la atención de David. En el extremo oriental de la sala se abría un enorme
corredor. Sobre su arco podía leerse:
DEPARTAMENTO DE HIPÓTESIS
Varias personas aguardaban delante de la puerta. Un hombre salía sonriendo, una mujer entraba llorando, dos funcionarios transportaban nuevos expedientes. Nadie parecía sorprendido.
David señaló el corredor.
—¿Qué hacen ahí?

El anciano levantó la vista.
—Hipótesis.
—Eso ya lo he leído.
—Entonces ya lo sabe.
—No. ¿Qué hacen?
El hombre pareció sorprendido.
—Construyen posibilidades.
—¿Y sirven?
—A veces.
—¿Y cuando no?
El anciano sonrió.
—Construyen otras.
David permaneció inmóvil.
—¿No tienen respuestas?
El hombre dejó la pluma y le observó con extraordinaria calma.
—Joven Explorador...
Señaló la inmensa sala.
—Si tuviéramos todas las respuestas, esta oficina sería mucho más pequeña.
Una segunda puerta se abrió unos instantes. Sobre ella podía leerse:
ARCHIVO DE HALLAZGOS NO SIGNIFICATIVOS
Varios funcionarios entraban y salían transportando pergaminos. Uno de ellos pasó junto a David,
llevaba una montaña de documentos. El Explorador alcanzó a leer algunos títulos.
"Sin hallazgos relevantes."
"Sin alteraciones significativas."
"Resultados dentro de la normalidad."
"Hallazgos inespecíficos."

El funcionario desapareció tras otra puerta. David permaneció observando el corredor, después miró al anciano.
—Hay muchos.
El hombre levantó la vista.
—Muchísimos.
—¿Y qué ocurre con ellos?
—Se archivan.
—¿Y después?
El anciano lo observó durante unos segundos.
—Después... las personas siguen sintiéndose como se sienten.
La respuesta le produjo un extraño escalofrío.
En algún lugar de la Oficina sonó otra campana y un nuevo expediente apareció sobre el escritorio del anciano. El hombre rompió el sello, leyó el contenido, asintió, tomó otro sello, lo estampó y colocó el documento sobre una pila diferente.
David ya no pudo contenerse.
—¿Qué decía?
—¿Perdón?
—El documento.
—Ah.
El anciano lo consultó.
—Todavía no lo sabemos.
—Pero acabas de leerlo.
—Por supuesto.
—Entonces deberías saberlo.
El hombre negó con extraordinaria amabilidad.
—No, no.
Levantó el sello.
—Yo sólo certifico que sigue pendiente.

Por primera vez desde que habían llegado, incluso Juan José levantó lentamente una ceja.
David observó al anciano, después el sello, después las montañas de expedientes. Finalmente dijo:
—Creo... que empiezo a entender por qué esta oficina es tan grande.
El anciano sonrió. Una sonrisa casi orgullosa.
—La mayoría de los Exploradores tardan bastante más en darse cuenta.
Y, en algún lugar profundo de la Ciudadela Administrativa, una puerta volvió a cerrarse. Nadie
levantó la vista, excepto Juan José. Porque acababa de escuchar algo, pasos. Lentos, lejanos,
procedentes de las regiones más internas de la Oficina.
El veterano permaneció inmóvil, después miró al enorme corredor central y por primera vez desde que habían llegado... su expresión se volvió seria.

Una Presencia Inesperada
Juan José no apartó la mirada del corredor. Los pasos volvieron a escucharse, lentos, irregulares.
Como si quien caminara se detuviera cada pocos metros para consultar algo. Después, silencio.
David lo observó.
—¿Qué ocurre?
El veterano tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Aquella respuesta resultó extraña, porque Juan José casi nunca decía que no lo sabía.
Los pasos regresaron, más cerca. Entonces ocurrió algo todavía más extraño, toda la Oficina de los
Diletantes disminuyó ligeramente su actividad. Nadie dejó de trabajar, pero algo cambió. Una mujer levantó la vista de sus documentos. Un funcionario interrumpió el sellado de unos pergaminos. Incluso el anciano del escritorio dejó la pluma sobre el papel. La quietud duró apenas unos segundos y después todo continuó como si nada hubiese ocurrido.
David frunció el ceño.

—Todos lo han escuchado.
El anciano asintió.
—Sí.
—¿Quién es?
El hombre pareció pensarlo. Después respondió:
—No estamos completamente seguros.
Aquella frase resultó tan absurda que David ni siquiera supo cómo reaccionar.
—¿Cómo que no están seguros?
—Hay distintas teorías.
—¿Trabaja aquí?
—En cierto modo.
—¿Y nadie sabe quién es?
El anciano negó con la cabeza.
—No exactamente.
Volvió a escucharse otro paso, más cerca, más lento. Entonces el hombre añadió:
—Aparece cuando las esperas se prolongan demasiado.
El silencio cayó sobre el vestíbulo.
David miró a Juan José, que seguía observando el corredor.
—¿Y qué hace?
El anciano lo pensó. La pregunta parecía genuinamente difícil. Finalmente respondió:
—Escucha.
—¿Escucha qué?
El hombre levantó lentamente la mirada.
—A los que esperan.
David observó el gran vestíbulo. Por primera vez reparó en algo, nadie conversaba, nadie discutía,
nadie protestaba. Las personas simplemente esperaban. Algunas permanecían inmóviles, otras
sostenían pergaminos entre las manos. Algunas observaban la gran puerta de la Consulta de
Interpretación, otras el enorme reloj. Y de repente comprendió algo, todos parecían cansados. No el cansancio de quien ha trabajado, otro, más profundo. Como si hubieran permanecido demasiado tiempo sosteniendo preguntas sin respuesta.
Los pasos volvieron a escucharse. Esta vez mucho más cerca. Desde algún lugar de las profundidades del corredor emergió una figura. Caminaba despacio, llevaba una larga chaqueta gris, no parecía anciano, tampoco joven. En las manos sostenía una pequeña libreta, nada más. Se detuvo, levantó la mirada y durante unos segundos observó el gran vestíbulo. No dijo nada, simplemente miró a uno, después a otro, después a otro... como si estuviera leyendo algo que los demás no podían ver.

David sintió un extraño escalofrío, porque tuvo la sensación de que aquel hombre ya sabía
exactamente por qué se encontraba allí.
La figura continuó avanzando. Pasó junto a varios escritorios. Ningún funcionario lo detuvo, nadie le pidió identificación, nadie le habló. Llegó finalmente hasta el centro del vestíbulo. Entonces abrió la pequeña libreta, escribió algo, la cerró y volvió a levantar la mirada.
Por primera vez sus ojos se encontraron con los de David. El Explorador tuvo la extraña sensación de que acababa de ser examinado. No físicamente, de otra manera. Como si el hombre hubiera
observado el cansancio, el insomnio, el hambre, las noches de extenuación, la incertidumbre y todas aquellas regiones del Terreno que ya ni siquiera conseguía explicar.

El desconocido permaneció observándolo y, tras un tiempo, habló. Su voz era tranquila, extraordinariamente tranquila.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando?
David abrió la boca, pero no respondió. Porque, por primera vez desde que había llegado a la Oficina de los Diletantes... se dio cuenta de que tampoco lo sabía.
La respuesta imposible
David permaneció observándolo. La pregunta seguía suspendida entre ambos. ¿Cuánto tiempo llevas esperando? Intentó responder y no pudo. Pensó en los primeros dolores, después en la primera sangre, luego en las pruebas, las noches, la Cápsula Inhibidora, las nuevas esperas, los nuevos microciclos. Todo comenzó a mezclarse.

Finalmente negó con la cabeza.
—No lo sé.
El hombre de la libreta asintió, como si aquella fuera precisamente la respuesta que esperaba.
Después escribió algo.
David observó la libreta.
—¿Qué estás anotando?
El desconocido levantó la mirada.
—Que has entrado.
—¿Entrado dónde?
La expresión del hombre cambió ligeramente. Parecía sorprendido.
—Aquí.
Señaló el gran vestíbulo.
—Pero ya estábamos aquí.
El hombre guardó silencio. Después habló con extraordinaria calma.
—No. Antes estabais esperando respuestas.
Levantó la pequeña libreta.
—Ahora estáis esperando interpretación.
Por alguna razón, aquellas palabras le produjeron un escalofrío.
El desconocido comenzó a caminar nuevamente. David lo siguió con la mirada. Se detuvo frente a una mujer que permanecía sentada junto a una columna. Tenía un expediente entre las manos. No lo estaba leyendo, simplemente lo sostenía. El hombre de la libreta la observó.
—¿Todavía duele?
La mujer levantó la vista. Parecía cansada.
—Algunos días.
El desconocido asintió, escribió algo, después continuó caminando.

Más adelante encontró a un hombre de edad avanzada que permanecía inmóvil frente al enorme
reloj.
—¿Sigues mirando las agujas?
El anciano sonrió.
—A veces creo que avanzan.
El hombre de la libreta escribió nuevamente y siguió caminando.
David comenzó a sentirse incómodo, porque el desconocido no preguntaba por diagnósticos, no
preguntaba por pruebas, ni por resultados. Preguntaba por otra cosa, por la experiencia de habitar la espera. Finalmente no pudo contenerse.
—¿Quién eres?
El hombre se detuvo. Por primera vez pareció necesitar tiempo para responder. Observó el vestíbulo, las personas, el reloj, la gran puerta cerrada, después respondió.
—Escucho a quienes permanecen demasiado tiempo aquí.
El silencio fue absoluto.
David frunció el ceño.
—Eso no responde a mi pregunta.
El hombre sonrió ligeramente.
—Lo sé.
Y volvió a caminar.
Por primera vez desde que habían llegado a la Oficina de los Diletantes, Juan José dio un paso hacia delante.
—Yo sí te recuerdo.
El hombre se detuvo. Permaneció de espaldas.
—Lo imaginaba.
David los observó.
—¿Os conocéis?
Juan José tardó unos segundos en responder. Después dijo:
—Hace muchos años lo encontré en otra Ciudadela.
—¿Y quién es?
El veterano permaneció contemplando la espalda del desconocido.

Después habló.
—Nunca supe su nombre.
—¿Entonces cómo sabes que es él?
Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en el rostro de Juan José. Una sonrisa extraña, casi
melancólica.
—Porque siempre hace la misma pregunta.
El desconocido permaneció inmóvil, como si hubiera escuchado aquello muchas veces. Entonces
volvió ligeramente la cabeza y, por primera vez, pareció mirar directamente a Juan José.
—¿Y tú?
El veterano levantó la vista.
—¿Qué ocurre conmigo?
El hombre de la libreta habló con la misma serenidad de siempre.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando tú?

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores, porque por primera vez desde que había
comenzado la expedición... Juan José tampoco respondió y aquello resultó mucho más inquietante
que cualquier prueba pendiente.
... continuarán pasando las horas...
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