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(X) El Secreto de la Escucha

hace 7 días
9 min de lectura

Autores:

Juan José Aversa

M.V. cPhD | C.M.O. IntegraVet®

& David González Santos

Especialista en Biomecánica Fascial y Mecanotransducción | ©auXMECh



...que no pasan, sino salen...



El Encuentro Serindípico


Durante unos instantes nadie respondió. El hombre de la libreta permaneció inmóvil, no parecía esperar una contestación inmediata. Como si conociera demasiado bien el tiempo que algunas preguntas necesitaban para empezar a responderse.


Juan José sostuvo su mirada, después sonrió muy levemente.


—Más del que me gustaría reconocer.



El desconocido no escribió nada, simplemente asintió y luego cerró la libreta. Sin despedirse, sin hacer el menor ruido, comenzó a alejarse lentamente por el gran corredor del que había surgido. Los pasos volvieron a perderse entre las regiones más profundas de la Oficina.


Ningún diletante levantó la vista, el anciano retomó su pluma, los sellos volvieron a golpear los expedientes, las campanas continuaron sonando. Todo siguió exactamente igual, como si nada hubiera ocurrido.


David permanecía inmóvil. Por alguna razón, tenía la sensación de que acababan de abandonar la única persona de toda la Ciudadela que no parecía estar esperando nada.


—¿Quién era realmente? —preguntó en voz baja.


Juan José tardó unos segundos en responder.


—Todavía no lo sé.


Abandonaron la Oficina de los Diletantes sin volver la vista atrás. Nadie les indicó la salida y la tarde caía lentamente sobre el bosque que rodeaba la Ciudadela Administrativa. Simplemente, un momento antes estaban dentro y, al siguiente, caminaban por un sendero estrecho que descendía entre robles antiguos.



Durante un largo trecho ninguno habló. Fue entonces, cuando el ruido de la Oficina ya casi había desaparecido entre los árboles. David seguía repasando mentalmente cada frase del hombre de la libreta, cada sello, cada expediente, cada respuesta que no respondía a nada. El bosque parecía absorber lentamente el ruido que todavía acompañaba a David. Incluso el viento parecía desplazarse con más calma que los pensamientos que aún recorrían su mente. Cuando una voz anciana pronunció unas palabras que ninguno de los dos esperaba.


—Parece que hoy la Oficina os ha entregado más preguntas que respuestas.


Ambos se detuvieron.


Sentada sobre el tronco caído de un viejo tejo permanecía una anciana de cabello completamente blanco. No llevaba bata. No llevaba insignias, ni símbolos de autoridad. Solo un bastón de avellano, una pequeña bolsa de cuero y unos ojos que parecían haber visto demasiados inviernos para seguir teniendo prisa.


David comprendió inmediatamente una cosa. Aquella mujer había escuchado toda la conversación. No porque hubiera estado en la Oficina, sino porque llevaba toda una vida encontrándose con quienes salían de ella.


La anciana observó a David durante unos instantes. No con curiosidad, con reconocimiento. Después sonrió.



—Has salido con mucho ruido.


David frunció ligeramente el ceño.


—¿Cómo dice?


La mujer apoyó ambas manos sobre el bastón.


—La Oficina siempre deja ruido.


Miró un instante hacia el sendero por el que acababan de aparecer.


—Hay quienes salen convencidos de que todo irá bien. Hay quienes salen convencidos de que todo irá mal. Y están los más difíciles...


Volvió a mirarlo.


—Los que salen intentando comprenderlo todo.


David bajó la vista unos segundos. No respondió porque, por primera vez desde su incursión en la Oficina de los Diletantes, sintió que alguien acababa de describir exactamente el lugar en el que se encontraba.


La anciana dejó escapar una sonrisa apenas visible.


—No te preocupes. A todos los que salen de esa Oficina les ocurre lo mismo. Creen que el siguiente paso consiste en seguir buscando respuestas.


Negó lentamente con la cabeza.


—Pero el siguiente paso casi nunca consiste en buscar. Consiste en recordar cómo escuchar.


David levantó la mirada.


—¿Escuchar qué?


La mujer señaló suavemente su pecho.


—Aquello que el ruido todavía no ha conseguido callar.


El bosque volvió a quedar en silencio y las hojas del viejo tejo apenas se movían. Entonces Juan José habló por primera vez desde que habían abandonado la Ciudadela.


—Hace muchos años también me dijiste eso.


La anciana sonrió.


—Y tardaste bastante en hacerme caso.




La Evocación del Recuerdo


La anciana guardó silencio. No parecía buscar las palabras, parecía esperar a que el bosque terminara de pronunciarlas primero. Después levantó lentamente la vista hacia las copas del viejo tejo.


—¿Sabes por qué los árboles más viejos no tienen prisa?


David negó con la cabeza.


—Porque dejaron de competir hace mucho tiempo.


El Explorador frunció ligeramente el ceño. La mujer sonrió.


—Cuando un árbol es joven, todo consiste en crecer más deprisa que los demás. Más alto, más ancho, más fuerte.



—Pero llega un momento en que comprende que sobrevivir ya no depende de crecer. Depende de mantenerse entero.


David permaneció en silencio. Aquellas palabras le recordaban demasiado a algo. Entonces comprendió qué era, el Bastión Masculino, las reformas, las reservas, las puertas que ya no se abrían con la misma rapidez, la fortaleza que había dejado de vivir para la conquista.


La anciana pareció adivinar sus pensamientos.


—Has estado en muchos lugares del Terreno durante muy poco tiempo.


David asintió.


—Y todos parecen contar la misma historia.


La mujer negó lentamente.


—No.


Se inclinó un poco hacia él.


—Todos parecen señalar la misma dirección.


El bosque volvió a quedarse completamente inmóvil. Entonces la anciana observó con atención el rostro de David. No buscaba enfermedad, no buscaba heridas, parecía escuchar algo mucho más profundo.



Finalmente habló casi en un susurro.


—¿Hace cuánto que tu cuerpo dejó de sentirse en casa?


David no respondió. Porque, por primera vez desde que todo había comenzado, descubrió que no sabía la respuesta.


La anciana permaneció observándolo unos instantes más. Después desvió lentamente la mirada hacia el viejo tejo.


—El cuerpo nunca olvida el camino.


David permaneció en silencio.


—Lo que olvida... es que todavía sabe recorrerlo.


El Explorador levantó ligeramente la vista.


—¿Y cómo ocurre eso?


La mujer sonrió con una paciencia que parecía pertenecer a otra época.


—Porque el ruido habla muy alto.


Recogió del suelo una hoja seca y la sostuvo entre los dedos.


—Mírala.


David la observó.


—Hace unos meses estaba llena de savia. Ahora parece completamente distinta.



La anciana dejó que el viento se la llevara.


—Y, sin embargo, el árbol no cree que se esté muriendo. Sabe que está atravesando una estación.


David permaneció pensativo.


—¿Y si la estación dura demasiado?


Por primera vez la sonrisa desapareció del rostro de la mujer.


—Entonces el miedo empieza a disfrazarse de verdad.


El silencio volvió a instalarse entre los tres. A lo lejos un petirrojo rompió brevemente la quietud del bosque. La anciana continuó.


—He visto hombres abandonar la esperanza porque confundieron un invierno con el final del bosque. Y también he visto otros...


Miró a David con una ternura serena.


—...volver a florecer cuando comprendieron que el Terreno todavía seguía trabajando aunque ellos no pudieran verlo.


David respiró despacio. Aquellas palabras no eliminaban ninguna de las preguntas que aún llevaba consigo. Y, sin embargo... por primera vez desde que había atravesado la Ciudadela Administrativa, sintió que ya no necesitaba responderlas todas aquella misma noche.


La anciana asintió muy levemente, como si hubiera escuchado ese pensamiento antes incluso de que David llegara a tenerlo. Entonces abrió despacio la pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón. De su interior extrajo una diminuta llave de madera de tejo. No servía para abrir cerraduras, sino para abrir la pequeña caja que descansaba junto a ella desde el principio. La apoyó con cuidado sobre sus rodillas. La madera era oscura, antigua, suavemente pulida por los años. Pasó lentamente la mano sobre la tapa, como quien saluda a un viejo amigo.





Del Silencio...


Después giró la llave y un leve clic rompió el silencio del bosque. La anciana no abrió todavía la caja, permaneció unos instantes con ambas manos apoyadas sobre la madera.


—Los hombres de la Oficina custodian respuestas.


Hizo una breve pausa.


—Nosotros custodiamos recuerdos.


David volvió a mirarla.


—¿Recuerdos?


—Los del cuerpo.


El Explorador frunció ligeramente el ceño.


—No entiendo.



La mujer sonrió.


—Claro que no. Nadie lo hace la primera vez.


Deslizó lentamente los dedos sobre la tapa de la caja.


—El cuerpo recuerda respirar antes de que alguien le enseñe cómo hacerlo. Recuerda cicatrizar antes de comprender qué es una herida. Recuerda encontrar el equilibrio mucho antes de aprender la palabra equilibrio.


Guardó silencio.


—Y también recuerda regresar.


David permaneció inmóvil. Aquella última frase quedó suspendida entre los tres.


—¿Regresar... a dónde?


La anciana levantó la vista.


—Al lugar desde el que siempre ha sabido cuidarse.


El viento volvió a atravesar el bosque y las hojas del viejo tejo comenzaron a moverse con una suavidad casi imperceptible.


—A veces creemos que estamos buscando una medicina.


La mujer negó lentamente con la cabeza.


—Y lo único que necesitamos es dejar de impedir que el cuerpo reconozca el camino que nunca olvidó.


David sintió un extraño nudo en la garganta. No porque entendiera aquellas palabras, sino porque una parte de él tenía la sensación de haberlas conocido desde mucho antes de escucharlas.


La anciana lo observó con serenidad.


—Ahora sí.


Abrió lentamente la pequeña caja de madera de tejo. En su interior reposaba un frasco de vidrio verdoso, atravesado por diminutas vetas doradas que parecían desplazarse lentamente con la luz del atardecer. La mujer lo sostuvo entre ambas manos con el mismo cuidado con el que otros sostienen una llama.



—No cura heridas.


Su voz apenas superó el murmullo del bosque.


—Solo ayuda al cuerpo a recordar el camino... cuando el ruido le ha hecho olvidar el silencio.


David tomó el frasco entre las manos. El vidrio estaba templado, no caliente ni frío. Como si hubiera esperado exactamente aquel momento.


—¿Y después? —preguntó.


La anciana no respondió inmediatamente. Miró durante unos segundos el sendero que descendía entre los árboles.


—Después...


Sonrió con una serenidad difícil de describir.


—...el Terreno empezará a hablar un poco más alto.


David frunció ligeramente el ceño.


—¿Eso significa que me encontraré mejor?


La mujer negó despacio.


—Significa que empezarás a escucharlo de otra manera.


Hizo una breve pausa.


—Y eso, algunas veces, resulta incómodo.


El Explorador guardó silencio.


—Hay cuerpos que, cuando recuperan un poco de silencio, aprovechan para mostrar aquello que llevaban demasiado tiempo intentando compensar.


Miró directamente a David.


—Puede que algún día despiertes con más cansancio. O con más hambre. O necesites dormir durante horas. Quizá alguna molestia cambie de lugar. Quizá aparezcan sensaciones que creías olvidadas. No tengas prisa por decidir qué significan. El cuerpo no siempre habla para alarmarnos. A veces simplemente nos informa de que ha encontrado suficiente calma como para dejar de ocultar lo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.



David permaneció inmóvil.


—¿Y cómo sabré si debo preocuparme?


La anciana sonrió. Fue una sonrisa muy distinta, más seria, más humana.


—Porque hay una diferencia entre escuchar al Terreno... y dejar de escuchar el sentido común. Si aparece algo que te preocupe de verdad... Si el dolor aumenta sin descanso... Si aparecen señales nuevas que no entiendas o te alarmen... No busques respuestas solo en el bosque, vuelve también a la Ciudadela. Los buenos exploradores nunca renuncian a ninguno de los caminos.


David sostuvo el frasco unos segundos más. Aquella respuesta le sorprendió. Esperaba que la druida desconfiara de la Oficina. Ella, en cambio, parecía conocer perfectamente cuándo era el momento de escuchar al bosque... y cuándo era el momento de volver a llamar a la puerta de la Ciudadela.




...a la Escucha


David contempló el pequeño frasco unos instantes más, después lo guardó cuidadosamente dentro de su mochila.



La anciana cerró la caja de madera con la misma delicadeza con la que la había abierto. Ninguno habló. El bosque parecía haber recuperado un silencio distinto. No era ausencia de sonido, era ausencia de prisa.


Finalmente David rompió el silencio.


—¿Volveremos a verla?


La mujer sonrió sin responder. Fue Juan José quien habló.


—Eso no depende de nosotros.


David lo miró con curiosidad.


—¿La conocías?


El veterano tardó unos segundos en contestar.


—Hace muchos inviernos.


—¿Y también te dio uno de esos frascos?


Juan José dejó escapar una breve risa.


—No.


Miró a la anciana.


—Entonces todavía creía que podía resolverlo todo deprisa.


La mujer asintió con una sonrisa cómplice.


—Y por eso no te di ninguno.


David no pudo evitar sonreír. Aquella respuesta le sorprendió.


—¿Entonces por qué me lo entregas a mí?


La anciana observó unos segundos el sendero que descendía hacia el valle.



Después respondió con absoluta serenidad.


—Porque ya no estás buscando un remedio.


David permaneció inmóvil.


—Estás buscando volver a escucharte.


El viento recorrió lentamente el viejo tejo y las últimas luces del día comenzaban a desaparecer entre las montañas.


La anciana dio un pequeño paso atrás. No parecía despedirse, parecía regresar al lugar del que siempre había formado parte.


David quiso hacer una última pregunta, pero cuando levantó la mirada... el tronco seguía allí, el bastón también, incluso la pequeña caja de madera descansaba sobre el musgo, la anciana ya no.



Durante unos instantes ninguno de los dos habló. Finalmente David sonrió.


—Empiezo a pensar que en este Terreno hay personas que aparecen justo cuando uno deja de buscarlas.


Juan José observó el bosque. Después comenzó a caminar.


—No.


Esperó a que David lo alcanzara.


—Aparecen cuando uno empieza a estar preparado para escucharlas.


Los dos Exploradores retomaron el sendero. Detrás de ellos, el bosque volvió a guardar silencio. Delante... el Terreno continuaba desplegándose, como siempre, esperando.



...y terminan...




¿Quieres conocer la ciencia que inspiró esta historia?


El mapa continúa aquí.

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