(VIII) El Asedio del Bastión Masculino
Autores:
Juan José Aversa
M.V. cPhD | C.M.O. IntegraVet®
& David González Santos
Especialista en Biomecánica Fascial y Mecanotransducción | ©auXMECh
El Misterio del Bastión
Las primeras noticias llegaron desde el norte del Terreno. No hablaban de guerras ni de epidemias, no hablaban de incendios ni de invasiones y eso las hacía más inquietantes. Los mensajeros decían que en el Bastión Masculino estaba sucediendo algo sibilino y describían un lugar extraño. Las murallas continuaban en pie, las torres seguían dominando el horizonte, las banderas aún ondeaban sobre las almenas y las grandes puertas permanecían abiertas. Sin embargo, algo era diferente. Las forjas producían menos estruendo, las patrullas parecían más reducidas, algunos corredores ermanecían en silencio durante largas horas del día y las reservas del Bastión ya no parecían tan abundantes como antes.
Los informes terminaban siempre de la misma manera.
"Nadie sabe qué está ocurriendo."
"Nadie encuentra al enemigo."
"Nadie recuerda cuándo comenzó."
Aquello bastó para despertar la curiosidad de los Exploradores.
Días después, Juan José y David iniciaban el ascenso hacia las regiones septentrionales del Terreno, el camino era largo. A medida que avanzaban, la geografía cambiaba. Los bosques se volvían más sobrios, las montañas más escarpadas y el aire adquiría una extraña sensación de firmeza. Como si aquella región hubiera sido construida para soportar el paso del tiempo.
Y entonces, en el horizonte, apareció el Bastión Masculino. David se detuvo. Incluso desde la distancia resultaba imponente. La fortaleza ocupaba toda una elevación del Terreno. Sus murallas se extendían como un inmenso anillo de piedra, las torres emergían hacia el cielo con la solemnidad de los lugares antiguos y cientos de caminos convergían hacia sus puertas.
Durante largo rato ninguno dijo nada antes tan imponente visión. Finalmente David habló.
—Es enorme.
Juan José asintió.
—Siempre lo ha sido.

Permanecieron contemplándolo. Entonces David frunció ligeramente el ceño.
—Pero ocurre algo.
El Explorador no respondió.
—No sé explicarlo.
El viento atravesó las colinas y David volvió a observar las murallas. No había ruinas, ni humo, ni señales de batalla y, aun así, Juan José se percató de que el Bastión no sonaba igual. Faltaba algo, una especie de rugido, una energía difícil de definir, una sensación de impulso que parecía haber abandonado la fortaleza.
David continuó observando las torres y por primera vez desde que comenzó la expedición sintió algo inesperado. Aquella extraña inquietud le resultaba familiar, demasiado familiar.
Las Murallas Inquietas
El descenso hacia el Bastión les ocupó varias horas. A medida que se aproximaban, los detalles comenzaban a hacerse visibles. Las murallas eran todavía más impresionantes de lo que parecían desde la distancia. Cada torre había sido construida con una solidez extraordinaria, los puentes permanecían intactos, los grandes portones seguían abiertos y las almenas continuaban custodiando los caminos de acceso.
Sin embargo, algo no encajaba. David fue el primero en detenerse en un detalle al observar la torre oriental. Dos centinelas descansaban sentados junto al parapeto. No vigilaban, simplemente descansaban. Más adelante descubrió algo parecido, una patrulla atravesaba el patio principal. Eran menos hombres de los que habría esperado para una fortaleza de semejante tamaño y todos caminaban despacio, demasiado despacio.

—¿Lo ves? —preguntó.
Juan José levantó la mirada.
—Sí.
—Parece...
David dudó. Buscó las palabras.
—Parece cansada.
El Explorador no respondió.
Continuaron avanzando. Al atravesar la primera puerta, la sensación se hizo todavía más evidente. Las grandes forjas seguían encendidas, el metal continuaba siendo trabajado, los hornos aún irradiaban calor, pero faltaba algo. El estruendo. No había martillos golpeando sin descanso, no había carreras entre los talleres, no siquiera aquella sensación de potencia inagotable que uno esperaría encontrar en el Bastión Masculino. Todo funcionaba, pero lo hacía con otro ritmo.
David observó a un herrero. Terminó su trabajo, se secó el sudor y, para sorpresa del Explorador, se sentó a descansar durante varios minutos. Como si aquello fuera perfectamente normal.
—Esto no tiene sentido.
Juan José permaneció en silencio.

Continuaron avanzando. Las calles estaban llenas de actividad, pero está había cambiado. Los habitantes se movían con calma, algunos conversaban, otros observaban el horizonte, otros simplemente permanecían sentados junto a las murallas.
David frunció el ceño. Cuanto más observaba el Bastión, más incómodo se sentía, porque la sensación le resultaba conocida, demasiado conocida.
Subieron por una larga escalinata. A mitad del ascenso, David redujo ligeramente el paso. Juan José lo observó de reojo. No dijo nada. Al llegar arriba, el Explorador apoyó brevemente una mano sobre la piedra, tomó aire y después continuó caminando.

Llegaron a una terraza desde la que podía verse gran parte de la fortaleza. David contempló las torres, las forjas, las murallas, los centinelas, los depósitos, todo seguía allí, todo parecía seguir funcionando y, sin embargo... el Bastión ya no respondía como antes.
Aquella idea apareció en su mente de forma tan repentina que le produjo un extraño escalofrío. Porque no sabía si estaba describiendo la fortaleza o a sí mismo.
Las Primeras Grietas
Permanecieron largo rato observando la fortaleza desde la terraza. El Bastión se extendía bajo ellos como una ciudad inmensa. Las torres, las murallas, las forjas, los patios, los corredores. Todo continuaba funcionando y eso resultaba más desconcertante.
David fue el primero en romper el silencio.
—No parece una fortaleza derrotada.
—No.
—Pero tampoco parece la misma.
Juan José asintió lentamente. El viento recorrió las almenas. Entonces un sonido llamó su atención, tres golpes de campana, graves, lentos. Procedían de alguna región del Bastión situada más al sur.

David frunció el ceño.
—¿Qué ha sido eso?
Un hombre que descansaba junto al muro levantó la mirada, era un veterano con el cabello completamente blanco. Las manos aún conservaban la dureza de quien había trabajado toda la vida en las forjas. El anciano observó las torres.
—Otra vez.
—¿Otra vez qué? —preguntó David.
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Las reservas.
—¿Qué ocurre con ellas?
El anciano suspiró.
—Cada vez tardan más en recuperarse.
David y Juan José intercambiaron una mirada. El hombre continuó.
—Antes bastaba una noche de descanso. Ahora...
El veterano se encogió ligeramente de hombros.
—Ahora el Bastión necesita más tiempo.

Volvió a hacerse el silencio. David observó las murallas. No le gustaba cómo sonaba aquello.
—¿Desde cuándo ocurre?
El anciano sonrió, pero no era una sonrisa alegre. Era la sonrisa de quien ha dejado de contar los años.
—No lo sé. Creo que comenzó tan lentamente que nadie se dio cuenta.
Una nueva campanada resonó en la distancia, esta vez más cerca. Después otra y otra. Como si diferentes regiones de la fortaleza estuvieran enviándose señales.
David levantó la mirada. Varias personas abandonaban sus tareas. No parecían alarmadas, sino acostumbradas. Eso le inquietó aún más.
—¿Y nadie hace nada?
El veterano lo observó. La pregunta pareció divertirle. —Llevamos años intentando hacer algo.
—¿Y?
El hombre volvió la vista hacia las murallas.
—Todavía estamos aprendiendo qué está ocurriendo.

Aquellas palabras dejaron un extraño silencio entre ellos.
A lo lejos, una gran puerta comenzó a abrirse. Lo hizo despacio, con un esfuerzo evidente. Las enormes bisagras emitieron un sonido grave, después se detuvieron. La puerta quedó abierta a medias. Nadie pareció sorprenderse. Dos operarios acudieron tranquilamente y comenzaron a revisar el mecanismo. Como si aquello fuera completamente normal.
David permaneció observando la escena. Cada vez le gustaba menos, porque empezaba a reconocer un patrón. Las reservas, las puertas, los tiempos, los descansos. Todo parecía responder más despacio y, sin saber por qué, una pregunta apareció de repente en su cabeza.

¿Cuándo fue la última vez que yo también necesité más tiempo?
La pregunta surgió tan deprisa que casi le enfadó y la apartó inmediatamente. Volvió la vista hacia la fortaleza. No, aquello era diferente, tenía que ser diferente. Porque de lo contrario...
El Explorador contempló las murallas y por primera vez desde que llegaron al Bastión, comenzó a sospechar algo. Tal vez no estaban observando simples cambios. Tal vez alguien estaba saboteando la fortaleza.
El Enemigo Invisible
Las campanas volvieron a sonar, lentas, espaciadas. Procedían de regiones distintas del Bastión. Norte, oriente, después el sur. Como si la fortaleza entera estuviera intercambiando algún tipo de mensaje.
David permaneció observando las torres. Cada nueva señal aumentaba su inquietud.
—No me gusta.
Juan José levantó la mirada.
—¿Qué es lo que no te gusta?
El Explorador tardó unos segundos en responder.
—Todo parece seguir funcionando.
—Sí.
—Pero cada vez necesita más esfuerzo.
El viento recorrió las almenas. David observó de nuevo la gran puerta que se había detenido a medio abrir. Los operarios seguían trabajando sobre el mecanismo. No parecían sorprendidos, parecían resignados. Aquello le resultó profundamente incómodo, porque ninguna gran fortaleza debería acostumbrarse a dejar de responder.

—Quiero ver las reservas.
Juan José lo miró. Después asintió.
Abandonaron las murallas y comenzaron a descender. Atravesaron varios patios y largas galerías de piedra hasta llegar a una región del Bastión que ningún mapa mostraba con detalle, el Depósito Sagrado. La estancia era inmensa. Grandes cámaras excavadas en la roca se extendían hacia la oscuridad. Tubos, conductos, canales de distribución. Todo estaba cuidadosamente organizado, pero algo resultaba evidente. Algunas cámaras estaban menos llenas de lo que deberían. David lo percibió inmediatamente.
—¿Siempre ha sido así?
Un hombre de mediana edad que supervisaba los depósitos levantó la vista. Negó con la cabeza.
—No.
—¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo?
El hombre sonrió con cansancio.
—Todo el mundo hace siempre la misma pregunta.
—Porque es importante.
—Lo sé.

Observó las cámaras.
—Nadie sabe cuándo empezó.
Aquella respuesta comenzaba a repetirse demasiado.
David se aproximó a uno de los depósitos e introdujo la mano. Todavía había reservas, no estaban vacíos, pero la sensación era extraña. Como si el Bastión estuviera administrando cuidadosamente cada recurso. Como si hubiera dejado de comportarse como una fortaleza con abundancia infinita. La idea le produjo una irritación inesperada.
—¿Y nadie ha investigado qué está ocurriendo?
El supervisor soltó una pequeña carcajada.
—Llevamos años haciéndolo.
—¿Y?
El hombre se encogió de hombros.
—No encontramos nada.
—Eso es imposible.
El supervisor levantó la mirada. Por primera vez parecía cansado de verdad.
—Eso mismo pensamos nosotros.
David observó las cámaras, las reservas, los conductos. Todo parecía estar en orden y precisamente por eso resultaba tan inquietante. No había fugas, no había daños, no había sabotajes, nada. Todo parecía funcionar, pero algo estaba cambiando.

El sonido de unos pasos interrumpió sus pensamientos. Un grupo de operarios que transportaban herramientas atravesó la galería. Madera, piedra, hierro.
David frunció el ceño.
—¿Qué están haciendo?
El supervisor los observó alejarse.
—Reformas.
—¿Reformas?
—Sí.
—¿Dónde?
El hombre señaló las regiones superiores.
—Por todas partes.
David permaneció inmóvil.
—¿Por todas partes?
—Cada vez más.

Por primera vez desde que llegaron al Bastión David sintió algo parecido a la ira, porque las piezas comenzaban a encajar. Las reservas disminuían, las puertas respondían peor, las patrullas eran menos numerosas y ahora... reformas, en todas partes.
El Explorador levantó la mirada lentamente. Por alguna razón, aquello ya no le parecía una transformación, le parecía una invasión. Se volvió hacia Juan José.
—Alguien está reorganizando el Bastión.
El veterano no respondió.
—¿No lo ves? Nos están desmontando la fortaleza piedra a piedra.
Juan José permaneció observándolo y durante unos segundos, algo extraño apareció en su expresión. No era preocupación, no era desacuerdo, era algo más difícil de definir. Algo parecido a la comprensión.

Finalmente habló, muy despacio.
—Sí.
David frunció el ceño.
—¿Sí?
El Explorador contempló las cámaras del Depósito Sagrado. Después levantó la mirada.
—Así es exactamente como se siente.
La Búsqueda del Saboteador
Las palabras de Juan José permanecieron suspendidas en el aire.
"Así es exactamente como se siente."
David no respondió. Por alguna razón, aquella frase le había resultado incómoda, demasiado incómoda.
Abandonaron el Depósito Sagrado y regresaron a las calles superiores del Bastión. El sol había comenzado a descender, la actividad continuaba, los herreros seguían trabajando, los centinelas continuaban patrullando, las torres permanecían en pie y, sin embargo, David ya no conseguía observar la fortaleza de la misma manera. Ahora veía señales por todas partes. Un soldado descansando antes de retomar la guardia, dos operarios reemplazando las bisagras de un portón, una patrulla más pequeña de lo que habría esperado, un grupo de artesanos reforzando uno de los muros interiores. Reformas, siempre reformas.

Se detuvo, observó las almenas y después habló.
—Quiero verlas.
Juan José levantó la mirada.
—¿Ver qué?
—Las obras.
El Explorador lo observó durante unos segundos. Finalmente asintió.
Caminaron durante largo tiempo. Atravesaron patios, corredores, plazas interiores y cuanto más avanzaban, más evidente se volvía algo, el Bastión entero estaba siendo modificado. En algunos lugares ampliaban dependencias, en otros estrechaban corredores, algunas torres estaban siendo reforzadas, otras habían dejado de utilizarse. Nada parecía improvisado, todo obedecía algún tipo de lógica y eso inquietó todavía más a David. Porque los sabotajes suelen ser caóticos y aquello no lo era. Aquello parecía... planificado.
Llegaron finalmente a la Torre Occidental. Una parte de la muralla había sido desmontada, grandes bloques de piedra descansaban sobre el suelo, varios obreros trabajaban en silencio.

David los observó con incredulidad.
—¿Quién dio la orden?
Uno de los hombres levantó la vista. Parecía sorprendido por la pregunta.
—La Ciudadela.
—¿La Ciudadela?
—Claro.
—¿Cuándo?
El hombre sonrió.
—Hace años.
Aquella respuesta comenzaba a perseguirlos. Hace años, siempre hacía años. Como si nadie hubiera sido capaz de señalar un comienzo preciso.
David se aproximó a los bloques de piedra y apoyó la mano sobre uno de ellos. Seguía siendo sólido. La muralla seguía siendo extraordinariamente resistente. No estaba deteriorada, no estaba destruida. Simplemente, estaba siendo cambiada.
Levantó la mirada. Los obreros continuaban trabajando, no parecían preocupados ni obligados, parecían convencidos. Aquello ya no tenía ningún sentido. Se volvió hacia Juan José.
—¿Por qué reforzar unas torres y modificar otras?
No respondió.
—¿Por qué reducir ciertas patrullas y reforzar algunas defensas?

—¿Por qué cambiar la fortaleza entera?
El Explorador observó las murallas y entonces sí respondió.
—Ésa es precisamente la pregunta.
David volvió a observar las obras y entonces sucedió algo extraño. Por un instante, tuvo la sensación de haber formulado aquella misma pregunta alguna vez. No allí, en otro lugar, en otro momento.
¿Por qué ahora necesito descansar más?
¿Por qué ciertas cosas me exigen más esfuerzo?
¿Por qué algunas reservas ya no parecen infinitas?
¿Por qué siento que determinadas regiones de mi Terreno han cambiado de ritmo?
La sucesión de pensamientos apareció tan deprisa que casi le enfadó. Apretó la mandíbula, apartó la mirada. No, aquello seguía siendo diferente, tenía que ser diferente. Porque si la fortaleza y él estaban atravesando el mismo proceso... entonces quizá el enemigo no se encontraba fuera de las murallas y esa posibilidad resultaba mucho más inquietante que cualquier invasión.
El Rugido Perdido
Aquella noche permanecieron en la Torre Occidental. El Bastión se extendía bajo ellos iluminado por cientos de antorchas, las forjas continuaban encendidas, las patrullas seguían recorriendo las murallas, los centinelas continuaban vigilando. Todo funcionaba y aun así... el rugido seguía faltando.
David permanecía de pie junto al parapeto. No conseguía apartar la mirada de la fortaleza.

Después de un largo silencio, habló.
—¿Y si nunca vuelve?
Juan José levantó la vista.
—¿El qué?
El Explorador tardó varios segundos en responder. Finalmente dijo:
—Esto.
Con la mano señaló las torres, las murallas, las forjas, toda la Ciudadela.
—¿Y si el Bastión ya nunca vuelve a ser el de antes?
Durante unos segundos sólo se escucharon las llamas de las antorchas. Juan José no respondió y aquel silencio fue peor que cualquier respuesta.
David volvió a observar las torres. Por primera vez desde que comenzó la expedición sintió algo inesperado, enfado. Un enfado difícil de describir. Como si algo muy importante estuviera siendo arrebatado.
—No es justo.
Juan José habló tan despacio que casi pareció pensar en voz alta.
—¿Qué es lo que no es justo?
David continuó observando la fortaleza.
—Que ocurra.

—Que un día simplemente empiece a cambiar.
Hizo una pausa.
—Que algunas puertas ya no se abran igual. Que las reservas se administren de otra manera. Que las cosas necesiten más tiempo. Que...
Se detuvo. Apretó la mandíbula. No terminó la frase.
Juan José permaneció observándolo. Después habló muy despacio.
—Parece que estás hablando de ti.
Las palabras cayeron sobre las murallas con la misma suavidad que una piedra sobre el agua. David no respondió. Porque, por primera vez en este viaje, no estaba completamente seguro de que Juan José se equivocara.
El viento volvió a recorrer las almenas, las antorchas oscilaron suavemente. Entonces David habló. Esta vez sin apartar la mirada de la Ciudadela.
—Antes todo parecía más fácil.
Juan José guardó silencio.
—Antes tenía más energía. Más impulso. Más...
Buscó la palabra. No la encontró inmediatamente.
—Más fuego.
Las últimas palabras apenas fueron un susurro. El Explorador veterano observó las murallas. Después habló.
—Lo sé.
Aquella respuesta resultó extrañamente reconfortante. Porque no había discusión, no había corrección, no había explicaciones, sólo comprensión.
Permanecieron en silencio, mucho tiempo. Hasta que David volvió a hablar.
—¿También te ocurrió?
Juan José sonrió. No una sonrisa divertida, sino reconocible, casi fraterna.

—Claro.
El viento atravesó nuevamente la fortaleza. Por primera vez desde que comenzó la expedición, David apartó la mirada del Bastión y miró a Juan José, como si acabara de descubrir algo extraordinario. El Explorador que tenía frente a él seguía caminando, seguía explorando, seguía construyendo, seguía sosteniendo mapas entero y, sin embargo, acababa de admitir que también había conocido aquella sensación.
El descubrimiento le produjo una extraña calma, porque quizá el verdadero misterio no era que el Bastión hubiera cambiado. Quizá el secreto era cómo algunos hombres aprendían a seguir habitándolo.
La Torre Central
Aún era de noche cuando Juan José se puso en pie. Las antorchas comenzaban a apagarse y el Bastión permanecía extrañamente silencioso.
—Ven.
David levantó la mirada.
—¿Adónde?
El Explorador contempló las torres.
—Creo que ha llegado el momento de ver la Ciudadela completa.
No hicieron más indagaciones. Abandonaron las almenas y comenzaron el ascenso.
La Torre Central se alzaba en el corazón del Bastión, más antigua que las demás, más sobria, más silenciosa. Las escaleras parecían no terminar nunca. A medida que ascendían, el aire se volvía más frío y el horizonte más amplio. Finalmente alcanzaron la última plataforma. David se detuvo. La vista resultaba extraordinaria. Toda la fortaleza se desplegaba bajo ellos. Las murallas, las torres, las forjas, los depósitos, los corredores, los jardines interiores, todo.

Juan José habló.
—Dime qué ves.
David observó.
—Una fortaleza.
—Sigue.
—Un Bastión que está cambiando.
—Sigue.
El Explorador continuó observando.
—Algunas regiones funcionan más despacio. Las reservas se administran de otra manera. Las patrullas son distintas. Las reformas continúan. —Calló un instante—Y...
Se detuvo. Volvió a mirar. Por primera vez observaba la Ciudadela entera, no sus partes, el conjunto. Entonces frunció ligeramente el ceño. Algo no encajaba. Las torres seguían en pie, las murallas seguían siendo enormes, las forjas seguían encendidas, los depósitos continuaban abasteciendo a la ciudad, los centinelas seguían vigilando, las puertas seguían abriéndose, más despacio, pero seguían abriéndose.
El viento recorrió la plataforma. David volvió a observar el Bastión y entonces dijo algo que le sorprendió incluso a él.
—No parece estar muriendo.
Juan José sonrió. No respondió.
El Explorador continuó observando cada vez más atento.
—Parece...
Volvió a detenerse. Las palabras tardaron en llegar.
—Parece que está eligiendo.
El silencio se volvió extraordinariamente profundo.
Juan José contempló el horizonte. Después asintió.
—Exactamente.
David permaneció inmóvil.
—No lo entiendo.
El Explorador apoyó las manos sobre la piedra.
—Durante muchos años el Bastión vivió como si sus recursos fueran infinitos. Pero ninguna fortaleza dispone de reservas infinitas.

Siguió hablando.
—Y llega un momento en el que la Ciudadela aprende algo.
—¿Qué?
Juan José levantó la mirada hacia el amanecer que comenzaba a aparecer detrás de las montañas.
—Que no toda la energía debe emplearse en rugir.
Esas palabras fueron las más importantes entre ellos.
El primer rayo de sol alcanzó las murallas, después las torres, después las forjas. El Bastión comenzaba a despertar.
De repente, David comprendió algo. La fortaleza no estaba renunciando a sí misma, estaba aprendiendo a sostenerse. La revelación le produjo un extraño alivio y también una extraña tristeza, porque comprendió que había estado luchando contra algo que quizá nunca fue un enemigo. Después habló, muy despacio.
—Entonces el Bastión no está siendo derrotado.
Juan José lo miró y respondió con una serenidad madura.
—No.
El Explorador observó nuevamente las murallas, las reformas, las torres, las reservas, la Ciudadela entera y, por primera vez desde que comenzó la expedición, dejó de sentir que estaba contemplando una pérdida y comenzó a sentir que estaba contemplando una transición.
El Bastión al Amanecer
El sol terminó de elevarse sobre las montañas, las primeras luces descendieron lentamente por las murallas, recorrieron las torres y alcanzaron las grandes plazas del Bastión. La Ciudadela despertaba. Las forjas volvían a encenderse, los centinelas retomaban sus puestos, los corredores comenzaban a llenarse de movimiento. Todo parecía extraordinariamente normal y, sin embargo, nada era igual.
David permanecía junto al borde de la Torre Central. Todavía contemplaba la fortaleza, pero la miraba de otra manera. Durante largo tiempo ninguno de los dos habló.

Finalmente fue él quien rompió el silencio.
—Entonces... ¿el rugido no era la fortaleza?
Juan José sonrió.
—No.
David se mantuvo pensativo un momento. —¿La fuerza tampoco?
—No.
—¿La potencia?
El Explorador negó lentamente con la cabeza. El viento recorrió la torre. David observó las murallas.
—Creía que sí.
—Muchos hombres lo creen.
Abajo, la Ciudadela continuaba despertando, los obreros regresaban a las obras, las patrullas comenzaban sus recorridos,as puertas se abrían, más despacio, pero se abrían. El Bastión seguía viviendo.
David lo observó durante largo rato. Después habló con auténtica calma.
—Entonces... ¿qué era realmente la fortaleza?
Parecía que casi sabía la respuesta.
Juan José tardó varios segundos en responder. Contempló el horizonte, el amanecer, las torres y finalmente dijo:
—La capacidad de seguir sosteniendo la vida cuando descubres que ya no puedes hacerlo de la misma manera.
El silencio que siguió fue profundo, porque aquellas palabras parecían contener toda la Ciudadela. Las reservas, las reformas, las torres, las puertas, el tiempo, todo.
David bajó la mirada y entonces comprendió algo que ninguna expedición le había enseñado hasta aquel momento. La masculinidad no había sido sitiada, ni derrotada, ni desmantelada. Había sido obligada a hacerse una pregunta diferente.
No:
"¿Cuánta fuerza puedo ejercer?"
Sino:
"¿Qué merece ahora mi fuerza?"
El descubrimiento le produjo la esperada sensación de calma. Volvió a levantar la mirada. El Bastión seguía siendo inmenso. Seguía siendo capaz de proteger, de construir, de crear, de amar. Sólo había dejado de comportarse como si el tiempo no existiera.
El viento atravesó nuevamente la Torre Central y entonces David sonrió. Una sonrisa pequeña, serena, casi imperceptible.

—Ahora lo veo.
Juan José no apartó la vista del horizonte.
—¿Qué ves?
El Explorador contempló la Ciudadela una última vez. Después respondió.
—Veo un Bastión que está aprendiendo otra forma de ser fuerte.
A las palabras les siguió un largo silencio.
Abajo, las campanas comenzaron a sonar. No como una alarma, no como una llamada a la guerra, sino como el comienzo de un nuevo día.
El sol terminó de ascender sobre las murallas y mientras los Exploradores iniciaban el descenso de la Torre Central, el Bastión continuó desplegando su vida bajo la luz creciente de la mañana. Porque algunas fortalezas pierden parte de su estruendo, algunas llamas aprenden a arder de otra manera, algunas puertas necesitan más tiempo para abrirse, pero eso no significa que la Ciudadela haya caído. A veces significa algo mucho más difícil de aceptar, que el Bastión ha dejado de vivir para la conquista... y ha comenzado a vivir para la permanencia.

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