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(XI) El Camino del Silencio

17 sept
16 min de lectura

Autores:

Juan José Aversa

M.V. cPhD | C.M.O. IntegraVet®

& David González Santos

Especialista en Biomecánica Fascial y Mecanotransducción | ©auXMECh



...con conclusiones...



El sendero largo


Abandonaron el viejo tejo cuando el sol comenzaba a descender tras las montañas. La anciana no les indicó ningún camino, tampoco necesitó hacerlo.


Juan José observó durante unos instantes el valle y después comenzó a caminar hacia el norte, internándose en un bosque que parecía no terminar nunca. David lo siguió sin preguntar.


El pequeño frasco descansaba protegido en el interior de la mochila. Durante un largo rato ninguno habló, solo se escuchaban las botas hundiéndose suavemente sobre la tierra húmeda, el viento atravesando las ramas más altas y el murmullo constante de algún arroyo oculto entre los helechos.



Fue David quien rompió finalmente el silencio.


—Pensaba que iríamos directamente al Refugio.


Juan José sonrió sin dejar de caminar.


—También lo pensaba yo... hace muchos años.


David lo miró con curiosidad.


—¿Entonces por qué este rodeo?


El veterano apartó una rama baja del sendero.


—Porque algunos Territorios no se atraviesan con las botas llenas de ruido.


David guardó silencio, porque la respuesta parecía demasiado sencilla para comprenderla del todo.


Continuaron caminando. El bosque se hacía cada vez más antiguo. Los robles comenzaban a mezclarse con hayas gigantescas y, poco a poco, el sendero desaparecía bajo una alfombra de hojas secas. Al caer la tarde alcanzaron un pequeño claro protegido por grandes piedras cubiertas de musgo y Juan José dejó lentamente la mochila sobre el suelo.


—Dormiremos aquí.


David levantó la vista.


—¿Aquí?


—Aquí.


No había refugios, no había construcciones, solo el bosque.


Durante un rato prepararon el campamento en silencio. La tienda quedó montada antes de que desapareciera la última luz del día. Juan José encendió un pequeño fuego.



Mientras el agua comenzaba a calentarse, señaló discretamente la mochila de David.


—¿La has tomado?


David asintió.


—Esta mañana.


El veterano removió lentamente la infusión que comenzaba a hervir.


—¿Y qué tal?


David tardó unos segundos en responder.


—No lo sé. Esperaba notar algo y no he notado nada.


Juan José sonrió.


—Eso mismo pensé yo la primera vez.


David levantó la mirada.


—¿También la conociste?


—Hace muchos inviernos.


El fuego crujió suavemente entre ambos y el veterano añadió un pequeño tronco a las brasas.


—La druida nunca entrega remedios. Entrega tiempo.


David observó las llamas.


—Entonces... ¿qué debería esperar?


Juan José negó despacio.


—Ese es el primer cambio. Ya no necesitas esperar nada, solo observar.



El bosque parecía respirar junto a ellos. Entonces David frunció ligeramente el ceño.


—Es extraño...


—¿Qué ocurre?


—Tengo sueño, muchísimo sueño. Más del que recuerdo haber tenido en años.


Juan José sonrió sin sorpresa.


—Déjalo venir.


David bajó la mirada hacia el fuego.


—Pero si duermo tanto perderemos tiempo.


El veterano levantó lentamente la vista.


—¿Perderemos... o recuperaremos?


David no respondió. Por primera vez desde que había comenzado la expedición... decidió no discutir con el cansancio. Aquella noche se acostó antes de que las brasas terminaran de consumirse y, mientras el bosque permanecía completamente inmóvil, la Ciudadela Administrativa volvió a aparecer en sus sueños.




La Ciudadela Dormida


David abrió lentamente los ojos, no sabía si seguía soñando. La Ciudadela Administrativa permanecía ante él, pero algo era diferente. Por primera vez no se escuchaba el incesante roce de pergaminos ni el golpear de los sellos sobre los expedientes. El gran reloj continuaba marcando el tiempo y, sin embargo... todo lo demás permanecía inmóvil.



Los largos pasillos aparecían completamente vacíos, las lámparas seguían encendidas, las montañas de documentos continuaban apiladas sobre los escritorios, pero ningún funcionario trabajaba.


David comenzó a caminar. Sus pasos resonaban con una claridad que nunca antes había escuchado. Atravesó la Consulta de Interpretación, en la que las puertas permanecían abiertas. No había nadie.


Continuó avanzando. El Departamento de Hipótesis aparecía completamente silencioso. Las estanterías seguían llenas, los expedientes permanecían exactamente en el mismo lugar, pero nadie discutía, nadie clasificaba, nadie esperaba, todo parecía descansar.


Entonces comprendió algo, la Ciudadela también dormía. Se detuvo, nunca se le había ocurrido aquella posibilidad. Siempre la había imaginado funcionando sin descanso, como si el tiempo solo existiera para quienes aguardaban una respuesta.


Una voz suave surgió detrás de él.


—Hasta los lugares construidos para pensar... necesitan dejar de hacerlo.


David sonrió antes incluso de girarse. La druida permanecía junto a uno de los grandes ventanales. La misma ropa sencilla, el mismo bastón de avellano, la misma serenidad.



—Pensaba que estabas en el bosque.


Ella negó lentamente.


—¿Y quién te dijo que el bosque termina donde empieza la piedra?


David permaneció observándola. La anciana pasó suavemente la mano sobre uno de los escritorios. No había polvo, solo silencio.


—Durante el día escuchas respuestas. Durante la noche... escuchas lo que las respuestas todavía no han comprendido.


David frunció ligeramente el ceño.


—No entiendo.


La druida sonrió con esa paciencia que parecía no agotarse nunca.


—Lo harás.


Comenzó a caminar por el gran vestíbulo y David la siguió. Mientras avanzaban, el Explorador empezó a reparar en algo que nunca antes había visto, los archivadores no estaban completamente cerrados y entre algunos cajones asomaban pequeñas raíces. Se detuvo.


—¿Eso... siempre ha estado ahí?


La anciana no respondió, solo continuó caminando.


David abrió con cuidado uno de los cajones. En lugar de documentos encontró tierra húmeda y en aquella tierra brotaba un pequeño helecho. Levantó lentamente la mirada y se percató de que no era el único. Había brotes verdes emergiendo entre las estanterías, musgo cubriendo discretamente algunos peldaños, pequeñas flores creciendo junto a los enormes archivadores metálicos. Como si el bosque hubiera comenzado, muy despacio, a entrar en la Ciudadela.



La druida se volvió hacia él.


—¿Lo ves ahora?


David asintió muy despacio.


—Creía que eran dos lugares distintos.


Ella sonrió.


—Ese ha sido siempre el mayor error de los Exploradores. El bosque nunca estuvo fuera. Solo esperaba a que alguien dejara una puerta abierta.




El Bosque Entre los Archivos


David permanecía inmóvil. Observaba el pequeño helecho que nacía del interior del archivador. No parecía un error, parecía... inevitable.


La druida continuó caminando. No miraba las plantas, sino a David.


—¿Qué estás viendo?


El Explorador tardó unos segundos en responder.


—El bosque está entrando en la Ciudadela.


La anciana negó lentamente con la cabeza.


—No.


David volvió a observar las raíces.


—Entonces...


La mujer sonrió.


—La Ciudadela siempre formó parte del bosque.



Aquella respuesta parecía imposible y, sin embargo, cuanto más observaba, más sentido tenía.


Los enormes pilares de piedra recordaban a troncos antiguos, las bóvedas parecían ramas entrelazadas, los pasillos se distribuían como antiguos cauces, incluso los archivadores comenzaban a parecerle árboles demasiado ordenados.


David respiró despacio y entonces ocurrió algo. No fue un sonido, ni una luz, fue una sensación. Durante un instante dejó de observar objetos aislados y comenzó a percibir relaciones. Los cajones, las raíces, la humedad, las ventanas, la luz, el musgo, todo parecía responder a una misma conversación silenciosa. Como si ninguna parte existiera realmente por separado.


La druida no apartó la vista de él.


—Ahora empieza.


David apenas consiguió susurrar.


—¿Qué empieza?


Ella dio un paso más.


—La lectura.


El Explorador frunció el ceño.


—Yo no estoy leyendo nada.


La anciana sonrió.


—Precisamente. Porque todavía crees que leer consiste en mirar.



—Leer el Terreno consiste en descubrir qué partes llevan toda la vida hablándose... aunque nadie las escuche.


David volvió a contemplar la Ciudadela y por primera vez dejó de ver edificios y empezó a ver conversaciones. La luz hablaba con las ventanas, la humedad hablaba con las raíces, las raíces hablaban con la piedra, la piedra hablaba con el agua. Nada estaba inmóvil, todo intercambiaba información, todo modificaba a todo.


Entonces la druida levantó una mano y señaló el enorme reloj que presidía la sala.



—¿Y ese?


David respondió sin pensar.


—Marca el tiempo.


Ella negó despacio.


—No. Marca el ritmo y nunca confundas ambas cosas. Porque el tiempo pertenece a la Ciudadela. El ritmo... pertenece al Terreno.


David sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquella frase parecía abrir una puerta que hasta entonces había permanecido cerrada.


La druida dio media vuelta y comenzó a alejarse lentamente. Su voz llegó hasta él antes de desaparecer entre las columnas.


—Recuerda esto, David. Los ojos encuentran formas, la mente encuentra nombres, pero solo la escucha... encuentra significado.




El Primer Amanecer


David abrió lentamente los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil dentro de la tienda. Todavía era de noche. No recordaba con claridad el sueño, solo conservaba una sensación extraña. Como si algo hubiera cambiado de lugar sin hacer ruido.



Permaneció escuchando. El viento rozaba suavemente la lona, algún ave nocturna rompía de vez en cuando el silencio. Más lejos, un pequeño arroyo descendía entre las piedras y, junto a él, la respiración pausada de Juan José. Nada extraordinario y, sin embargo, todo parecía distinto. No porque los sonidos hubieran cambiado, sino porque habían dejado de competir entre ellos. Por primera vez los escuchaba como si pertenecieran a una misma conversación.


David volvió a cerrar los ojos y la frase de la druida regresó con una claridad inesperada.


"El tiempo pertenece a la Ciudadela. El ritmo... pertenece al Terreno."


No consiguió volver a dormirse. Cuando el cielo comenzó a aclararse, salió despacio de la tienda. El bosque todavía permanecía cubierto por una ligera niebla. Juan José ya estaba sentado junto a las brasas casi apagadas. No parecía sorprendido, como si hubiera sabido desde el principio que David despertaría antes del amanecer.



Le tendió una pequeña taza de infusión.


—¿Has dormido?


David sonrió.


—Creo que sí.


El veterano levantó ligeramente una ceja.


—¿Lo crees?


David permaneció pensativo.


—No recuerdo haber descansado así... desde hace mucho tiempo.


Juan José asintió lentamente, no añadió nada. Durante varios minutos contemplaron el bosque en silencio. Entonces David habló casi sin darse cuenta.


—Es curioso...


—¿Qué?


—Ayer este lugar me parecía un bosque. Hoy...


Calló, no encontraba las palabras. Juan José esperó. David volvió a observar los árboles, las sombras, las piedras, la humedad sobre los helechos. Un petirrojo descendió hasta una rama cercana, después volvió a levantar el vuelo. Finalmente sonrió.


—Ahora me parece que todo se está respondiendo continuamente.


El veterano dejó la taza sobre una roca.



Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro.


—No.


David lo miró.


—Todavía no.


Guardó unos segundos de silencio.


—Empiezas a darte cuenta de que siempre ha sido así.


El fuego terminó de consumirse. Juan José se levantó y comenzó a desmontar el campamento. Mientras recogían la tienda, David volvió a notar algo extraño, el hambre. No era ansiedad, ni era necesidad, era un hambre tranquila, profunda. Como si el cuerpo hubiera decidido volver a pedir en lugar de resistir.


Miró a Juan José.


—Tengo mucha hambre.


El veterano sonrió mientras guardaba los últimos utensilios.


—Bien.


David frunció ligeramente el ceño.


—¿Bien?


—Muy bien.


El cuerpo vuelve a pedir cuando empieza a creer que merece recibir.


David permaneció inmóvil. No sabía exactamente por qué, pero intuía que tampoco hablaban de comida.




El Árbol Inclinado


Reanudaron la marcha poco después del amanecer. El sendero descendía lentamente entre grandes hayas centenarias y el bosque parecía diferente a la víspera. No porque hubiera cambiado, sino porque David caminaba de otra manera. Ya no observaba únicamente el camino, su mirada comenzaba a detenerse en pequeños detalles que hasta entonces parecían insignificantes. Una rama quebrada, un cambio en la humedad del suelo, el musgo creciendo únicamente sobre un lado de las rocas. No intentaba interpretarlos, simplemente... los dejaba permanecer.



Después de varias horas de marcha llegaron a un pequeño claro, en el que en su centro crecía un enorme roble. Su tronco era extraordinario, ancho, antiguo, imponente y, sin embargo, algo hizo que David se detuviera permaneciendo observándolo durante largo rato.


Juan José continuó caminando unos pasos más y solo cuando comprobó que David ya no lo seguía volvió lentamente la cabeza. El joven Explorador seguía inmóvil.


—¿Qué ocurre?


David tardó unos segundos en responder.


—No lo sé.


Se acercó despacio al árbol y apoyó suavemente la mano sobre la corteza. No buscaba grietas, no buscaba enfermedad, buscaba... ni siquiera él sabía qué buscaba.



Finalmente habló.


—Está inclinado.


Juan José sonrió.


—Eso salta a la vista.


David negó lentamente.


—No, no hablo del tronco.


El veterano permaneció completamente inmóvil. David rodeó el árbol despacio. Observó las raíces, después el terreno, después la pendiente. Volvió a levantar la mirada.


—No es el árbol quien está corrigiéndose. Es el suelo quien lleva mucho tiempo obligándolo a hacerlo.


David continuó observando.



Cada frase parecía surgir antes de que pudiera pensarla.


—Si alguien enderezara el tronco...


Se interrumpió. Frunció ligeramente el ceño.


—Lo rompería.


Juan José no respondió, esperó y David dio un paso atrás.


—Porque el problema nunca estuvo aquí arriba.


Entonces señaló lentamente las raíces.


—Todo empezó mucho más abajo.


El veterano dejó escapar una sonrisa casi imperceptible. Aquella sonrisa que David ya empezaba a reconocer. No era una sonrisa de aprobación, era la de quien contempla a alguien descubrir algo por sí mismo.


Juan José se acercó al árbol, apoyó también la mano sobre la corteza y después dijo únicamente:


—¿Te has dado cuenta?


David lo miró confundido.


—¿De qué?


—No has hecho ni una sola pregunta.



El Explorador permaneció inmóvil. Era verdad, por primera vez desde que había comenzado la expedición no había intentado buscar una explicación, había esperado y la explicación había aparecido sola.


Juan José retiró lentamente la mano del tronco.


—Eso fue exactamente lo que hizo la druida contigo.


David volvió a contemplar el viejo roble. El viento atravesó lentamente las ramas. Entonces comprendió algo que le produjo un escalofrío. La anciana nunca le había enseñado respuestas. Le había enseñado... a permanecer el tiempo suficiente.




La Segunda Lectura


Continuaron caminando. El sendero descendía ahora junto a un pequeño arroyo de aguas transparentes. Durante varios minutos ninguno habló. David seguía pensando en el viejo roble, no conseguía apartarlo de la cabeza.


Finalmente rompió el silencio.


—Entonces ya entiendo.


Juan José siguió caminando.


—¿Ah, sí?


—El árbol se inclinó porque el terreno cedió.


El veterano sonrió.


—Puede.


David levantó la vista.


—¿Puede?


—Sí.


—Pero acabamos de verlo.


Juan José se agachó junto al arroyo, tomó una pequeña piedra del agua, la sostuvo unos segundos entre los dedos, después la dejó caer de nuevo y las ondas comenzaron a expandirse lentamente.



—¿Qué has visto?


David respondió inmediatamente.


—Una piedra cayendo al agua.


—¿Y antes?


—La tenías en la mano.


Juan José negó despacio.


—No. Antes estaba en el fondo del río.


David permaneció callado.


El veterano continuó.


—¿Y antes de eso?


El Explorador guardó silencio.


—No lo sé.


Juan José asintió.


—Exactamente.


El río siguió murmurando entre las piedras.


—Lo que has dicho del árbol puede ser cierto o quizá no. Quizá el suelo cedió. Quizá una tormenta rompió parte de sus raíces hace cien inviernos. Quizá otro árbol cayó sobre él cuando era joven. Quizá buscó la luz. Quizá evitó una roca enterrada. Quizá... dejó de luchar contra aquello que no podía cambiar.


David observó nuevamente el bosque.


—Entonces nunca podremos estar seguros.


Juan José sonrió.


—Eso depende de lo que entiendas por seguro.



—Leer el Terreno no consiste en enamorarse de la primera explicación elegante. Consiste en permanecer el tiempo suficiente para que las explicaciones equivocadas se cansen de acompañarte.


David sintió un escalofrío. Aquella frase parecía mucho más importante de lo que aparentaba.


El veterano comenzó a caminar de nuevo.


—Los malos exploradores encuentran respuestas muy deprisa. Los buenos... encuentran mejores preguntas.




Las Manos También Escuchan


El sendero terminó desembocando en un pequeño valle. En el centro del claro un viejo tronco había caído muchos años atrás. La corteza casi había desaparecido. El musgo cubría buena parte de la madera y pequeños hongos nacían sobre uno de sus costados.


Juan José se detuvo.


—Ven.


David se acercó.


El veterano señaló el tronco.


—Pon las manos sobre él.


El Explorador sonrió.


—¿Para qué?


—Hazlo.


David apoyó ambas palmas sobre la madera. Esperó unos segundos. Después levantó una ceja.



—No noto nada.


Juan José no respondió, simplemente permaneció observándolo.


Transcurrió casi un minuto. Entonces David volvió a hablar.


—Bueno... No está completamente duro. La madera parece distinta según dónde la toque.

Juan José siguió callado y David deslizó lentamente una mano unos centímetros. Volvió a detenerse.


—Aquí... Aquí cambia otra vez. Parece...


Buscó las palabras.


—Como si unas zonas siguieran sosteniendo el árbol... y otras ya hubieran empezado a convertirse en bosque.


El veterano sonrió.


—Ahora sí.


David levantó la vista.


—¿Qué significa?


Juan José pasó lentamente la mano sobre el tronco. No señalaba nada, no buscaba nada, simplemente acompañaba la superficie.


—Tus ojos ven formas. Tus manos... empiezan a percibir procesos.


David volvió a apoyar ambas palmas. Esta vez permaneció completamente inmóvil. No intentó averiguar, no intentó nombrar, solo permaneció allí. Entonces ocurrió algo extraño. No sintió una fuerza o una energía, sintió continuidad. Como si la madera, el musgo, la humedad y el suelo dejaran de parecer elementos separados.



Respiró despacio, abrió los ojos y miró a Juan José.


—No sé explicar lo que acabo de sentir.


El veterano asintió.


—Perfecto.


David sonrió.


—¿Perfecto?


—Las cosas importantes casi siempre aparecen antes de que existan palabras para describirlas.


Continuaron caminando. Después de unos minutos David habló otra vez.


—¿Eso mismo haces cuando exploras a una persona?


Juan José negó con suavidad.


—No.


David pareció sorprendido.


—¿No?


El veterano observó las copas de los árboles.


—Con las personas es mucho más difícil.


—¿Por qué?


—Porque los árboles no tienen miedo de contarte cómo están.


David permaneció en silencio. Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos.


Juan José añadió mientras retomaban el sendero:


—Las personas llevan años aprendiendo a ocultarlo. El bosque... nunca.




La Segunda Noche


Aquella tarde caminaron menos. No porque el sendero fuera difícil, sino porque ya no tenían ninguna prisa por llegar.


El bosque comenzaba a transformarse. La luz dorada descendía lentamente entre los troncos y las sombras se alargaban sobre la tierra húmeda. Encontraron un pequeño claro junto a un arroyo y Juan José dejó la mochila en el suelo.



—Aquí.


David sonrió. Ya ni siquiera preguntaba por qué aquel lugar y no otro. Mientras montaban la tienda, volvió a sentir aquella extraña sensación, hambre. No era un hambre desesperada, era tranquila, constante, como si el cuerpo hubiera dejado de economizar cada gesto.


Mientras preparaban la cena, David terminó el pan antes incluso de darse cuenta. Después tomó un poco más de sopa y un poco más. Finalmente dejó la cuchara sobre el cuenco.


—Hacía mucho tiempo que no comía así.


Juan José siguió removiendo lentamente las brasas.


—¿Cómo?


David buscó las palabras.


—Sin miedo a que después todo empeore.


El veterano levantó lentamente la vista. Aquella respuesta le hizo sonreír.


—El cuerpo escucha incluso aquello que nunca llegamos a decir en voz alta.


David permaneció unos segundos contemplando el fuego y comprendió que era verdad. Desde hacía semanas cada comida había comenzado antes con preocupación que con hambre.


El cielo terminó de oscurecerse. Miles de estrellas comenzaron a aparecer entre las ramas. Durante un largo rato ninguno habló. El bosque tampoco parecía necesitar palabras.



Fue Juan José quien habló primero.


—¿Recuerdas lo que dijo la druida?


David asintió.


—Que el Terreno empezaría a hablar más alto.


—¿Y qué has escuchado hoy?


El Explorador tardó bastante en responder.


—Sueño, hambre, más calma. Pero también...


Se quedó pensativo.


—Más preguntas.


Juan José sonrió.


—Buena señal.


David levantó una ceja.


—¿También las preguntas pueden ser buena señal?


El veterano alimentó lentamente el fuego con una pequeña rama.


—Cuando el Terreno deja de sobrevivir... vuelve a tener tiempo para preguntarse cosas.


David observó cómo una chispa ascendía lentamente hacia la oscuridad y entonces recordó algo.


—La druida dijo que algunas molestias podían cambiar. Que podían aparecer sensaciones antiguas.


—Sí.


—¿Por qué?


Juan José tardó unos segundos en responder. Miraba las llamas como si también ellas tuvieran algo que enseñar.



—Porque a veces el cuerpo deja de gastar toda su energía sosteniendo el presente... y puede empezar a ordenar el pasado.


David permaneció completamente inmóvil. Aquella frase descendió lentamente sobre el bosque. No necesitaba entenderla todavía, bastaba con dejarla allí, como una semilla.


Poco después se acostaron. El fuego terminó consumiéndose y David cerró los ojos casi inmediatamente. Aquella noche no tardó en quedarse dormido y, por primera vez, no soñó con la Ciudadela. Soñó consigo mismo, pero no era el David que conocía, era un niño. Caminaba descalzo por un bosque inmenso. No tenía miedo, no buscaba respuestas, solo seguía un sendero.


A lo lejos, junto a un viejo tejo, una figura anciana permanecía esperándolo. No dijo una sola palabra, solo señaló el suelo y David bajó la mirada. Por primera vez descubrió que el sendero no estaba hecho de tierra, sino por miles de pequeñas huellas. Las suyas, las de toda una vida, y comprendió algo que jamás había pensado, el camino nunca había estado delante, siempre había estado debajo de sus propios pasos.



Entonces la voz de la druida llegó con la suavidad del viento.


—Nadie encuentra el camino. Lo reconoce.




La Fuente da Aguas Verdes


El tercer día caminaron durante horas sin apenas hablar. El bosque había cambiado de nuevo, los robles habían quedado atrás, las hayas comenzaban a mezclarse con enormes tejos y viejos acebos. El aire era más fresco, más húmedo.


Poco antes del anochecer, el sonido del agua comenzó a escucharse entre los árboles. No era un arroyo, era algo diferente, más continuo, más antiguo, casi ancestral.


Cuando atravesaron un pequeño recodo del sendero apareció ante ellos una pared de roca completamente cubierta por un espeso manto de musgo. Desde lo alto descendía una lámina cristalina de agua, que no caía con fuerza, resbalaba lentamente siguiendo antiguos surcos que el propio tiempo había ido puliendo en la piedra y cada canal parecía conocer exactamente el camino que debía recorrer. No había prisa, no había ruido, solo continuidad.



David permaneció inmóvil. No sabía por qué, pero aquel lugar le producía una paz difícil de explicar.


Juan José dejó lentamente la mochila.


—Dormiremos aquí.


Aquella noche cenaron poco. Ninguno parecía necesitar demasiadas palabras. Después de apagar el fuego, David permaneció sentado junto a la roca observando cómo el agua seguía descendiendo, siempre igual, siempre distinta.


Juan José se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado.


Durante varios minutos ninguno habló. Finalmente David sonrió.


—Ahora lo entiendo.


Juan José no respondió.


—El agua nunca lucha contra la piedra. Simplemente... encuentra otra manera de continuar.


El veterano permaneció contemplando la fuente y después dijo una única frase.


—Empiezas a pensar como el Terreno.


Aquella noche David durmió profundamente, mucho más que las anteriores. No soñó con la Ciudadela, ni con la druida, ni siquiera soñó con el bosque. Durmió, simplemente durmió.





El Amanecer de una Nueva Mirada


Cuando abrió los ojos el sol ya atravesaba las copas de los árboles. Permaneció inmóvil dentro de la tienda. No recordaba la última vez que había dormido hasta tan tarde. Salió despacio. Esperaba encontrar a Juan José preparando el desayuno, pero no estaba. Lo encontró unos metros más arriba, sentado sobre una roca, contemplando el valle. El veterano sonrió al verlo.


—Buenos días.


David respondió con una sonrisa tranquila.


—¿Qué hora es?


—Bastante más tarde de lo habitual.


David miró el cielo. No sintió culpa, tampoco la necesidad de justificar nada, solo tuvo una sensación inesperada. Había dormido exactamente lo que necesitaba.


Juan José lo observó unos segundos. Después preguntó:


—¿Cómo te encuentras?


David permaneció callado, escuchándose. Era extraño, seguía existiendo cierta pesadez. El abdomen seguía recordándole que algo continuaba sin resolverse, pero... ya no ocupaba todo el paisaje. Había espacio para muchas otras cosas.


Respiró profundamente. Entonces levantó la mirada hacia el bosque y ocurrió. Sin que nadie dijera una palabra, sin que Juan José señalara nada, sin que existiera ninguna pista evidente. David giró lentamente la cabeza hacia el extremo oriental del valle, entrecerró los ojos, permaneció varios segundos completamente inmóvil.



Después habló, muy despacio.


—Hay gente.


Juan José no respondió. David continuó observando.


—No puedo verla. Pero... hay alguien viviendo ahí.


El veterano sonrió. Aquella sonrisa silenciosa que David ya empezaba a conocer.


—¿Qué más?


El Explorador respiró despacio. No intentaba imaginar, esperaba. Como le había enseñado la druida, como le había enseñado el bosque.


Finalmente dijo:


—No es un lugar donde la gente vaya a curarse. Es un lugar... donde van cuando han olvidado cómo vivir sin estar pendientes del dolor.


Juan José bajó lentamente la cabeza. No había una sola construcción visible desde allí y, sin embargo, David acababa de leer el Terreno antes incluso de haber llegado.


El veterano se puso lentamente en pie, recogió la mochila, miró hacia el sendero que descendía entre los árboles.



Entonces pronunció una frase que abriría una nueva aventura de Los Exploradores.


—Bienvenido... al Refugio que Olvidó Doler.




...que dirigen hacia...



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