(XIV) Los Activos de Los Exploradores
Autores:
Juan José Aversa
M.V. cPhD | C.M.O. IntegraVet®
& David González Santos
Especialista en Biomecánica Fascial y Mecanotransducción | ©auXMECh
La Marcha del Sendero
Durante varios microciclos ninguno de los dos habló.
El sendero ascendía suavemente entre robles antiguos y el bosque parecía haber recuperado esa calma difícil de describir que únicamente poseen los lugares donde nada necesita demostrar que está vivo. Las últimas luces de la tarde descendían lentamente entre las ramas y, de cuando en cuando, alguna ráfaga de viento desprendía pequeñas hojas secas que giraban unos instantes antes de posarse nuevamente sobre la tierra.
David caminaba unos pasos por detrás de Juan José, pero no por cansancio. Simplemente porque ya no sentía la necesidad de caminar siempre a su lado.

Algo había cambiado en su forma de recorrer el Terreno. Seguía formulándose preguntas, pero ya no intentaba responderlas inmediatamente. Había comenzado a descubrir que algunas necesitaban caminar durante mucho tiempo antes de encontrar el lugar adecuado donde empezar a responderse.
Juan José sonrió para sí. Sin girarse, sin decir nada. Había reconocido aquella manera de caminar muchos años atrás. La había visto en otros Exploradores y, mucho antes la había descubierto en sí mismo.
Continuaron avanzando hasta que el bosque comenzó a oscurecerse.
El veterano se detuvo junto a un pequeño arroyo que descendía entre grandes piedras cubiertas de musgo.
—Pasaremos aquí la noche.

David dejó lentamente la mochila sobre el suelo y comenzó a preparar el pequeño campamento con una naturalidad que semanas atrás no habría tenido. Mientras reunía algunas ramas secas para el fuego, abrió la mochila para guardar el cuaderno de notas y entonces Juan José levantó la vista.
—Antes de cenar...
David se volvió.
—Empieza con las ampollas de la Ciudadela.
El Explorador permaneció unos segundos inmóvil. Después sonrió con cierta vergüenza.
—Casi lo había olvidado.
Juan José terminó de colocar cuidadosamente el pequeño puchero sobre las piedras del hogar improvisado.

—Los tratamientos importantes rara vez se olvidan.
David levantó ligeramente una ceja.
—¿No?
El veterano negó despacio.
—Solo esperan el momento adecuado.
David abrió el pequeño estuche de nogal recibido en las Salas de Tratamiento de la Ciudadela Administrativa. Las ampollas continuaban perfectamente ordenadas. El cuaderno manuscrito permanecía exactamente donde el hombre de la libreta lo había colocado y, cuidadosamente doblada bajo él, seguía la hoja escrita con aquella frase que no había dejado de acompañarlo desde entonces.
“No confundas la desaparición del síntoma con el final del aprendizaje.”
La leyó una vez más. No porque la hubiera olvidado, sino porque empezaba a comprenderla de una forma distinta. Después tomó la primera ampolla, la sostuvo unos segundos entre los dedos y, siguiendo las indicaciones del cuaderno, comenzó por fin el tratamiento recibido en la Ciudadela Administrativa.
Juan José no dijo nada. Simplemente removía lentamente el agua que comenzaba a calentarse sobre el fuego. Había aprendido hacía muchos años que el instante en que un Explorador inicia un tratamiento importante pertenece únicamente a él. Ni siquiera los maestros deben interrumpir ese silencio.

El fuego recuerda
Las primeras estrellas comenzaron a aparecer entre las copas de las hayas mientras el pequeño fuego terminaba de estabilizarse. El agua hervía lentamente y el aroma de la infusión se mezclaba con el olor húmedo del bosque.
David volvió a guardar cuidadosamente el estuche de nogal dentro de la mochila. Después sacó el pequeño frasco de cristal que la druida le había entregado días atrás y lo sostuvo unos instantes frente al fuego. Tres gotas, ni una más, ni una menos. Las dejó caer lentamente sobre la infusión y observó cómo desaparecían sin dejar rastro. Durante unos segundos tuvo la extraña sensación de que ambas medicinas pertenecían a lugares completamente distintos del Planisferio. Una había nacido entre árboles antiguos, la otra entre muros de piedra y largos corredores administrativos y, sin embargo las dos parecían dirigirse exactamente al mismo Terreno.

—Curioso... —murmuró.
Juan José levantó ligeramente la vista.
—¿Qué es curioso?
David sostuvo todavía la taza entre las manos.
—Pensaba que una de las dos estaría equivocada.
El veterano sonrió.
—¿Y ahora?
David permaneció unos segundos contemplando el reflejo del fuego sobre el metal.
—Ahora creo que las dos hablan idiomas diferentes.
Juan José asintió despacio.
—Como casi todo lo importante.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, pero ya no era un silencio incómodo. Era uno de esos silencios que también participan de la conversación.
Mientras David bebía lentamente la infusión, Juan José observó discretamente su rostro. No buscaba signos de mejoría, no esperaba encontrar una expresión determinada. Simplemente contemplaba el color de la piel, la respiración, la manera de sostener la taza, los pequeños gestos que nadie suele registrar. Sonrió muy levemente. Hacía tiempo que David había dejado de caminar pendiente de cada síntoma y ese cambio era mucho más importante que cualquiera de ellos.

El fuego crepitó suavemente. David levantó la vista.
—¿En qué piensas?
Juan José tardó unos segundos en responder.
—En los Exploradores.
David sonrió.
—¿En cuáles?
El veterano alimentó lentamente el fuego con una pequeña rama.
—En los que consiguieron llegar y en los que decidieron detenerse antes de tiempo.
David guardó silencio, porque intuyó que aquella noche Juan José no estaba hablando únicamente de otras personas.
La Lámpara que Nunca se Apaga
La noche había terminado de extenderse sobre el Planisferio. El pequeño campamento permanecía en silencio. David dormía profundamente dentro de la tienda. El fuego se había reducido a un puñado de brasas rojizas que todavía conservaban suficiente calor para mantener viva la infusión. Juan José permanecía sentado sobre una vieja piedra cubierta de musgo. No leía, no escribía. Simplemente contemplaba el lento ascenso del humo entre las ramas oscuras.

Había aprendido hacía muchos años que algunas noches no servían para pensar, sino para dejar que el pensamiento encontrara por sí mismo el lugar donde descansar.
Muy lejos de allí la Ciudadela Administrativa continuaba completamente despierta. No se escuchaban conversaciones, ni campanas, ni el incesante ir y venir de funcionarios transportando expedientes. Aquella parte de la Ciudadela pertenecía a otra clase de silencio.
En lo más profundo del edificio, tras corredores donde las lámparas apenas conseguían romper la oscuridad, una única puerta permanecía entreabierta. No había placa ni inscripción alguna, solo una tenue luz escapando bajo el marco de madera. En el interior, un hombre escribía. La estancia resultaba extraordinariamente sencilla. Un escritorio, una lámpara de acero tintado en negro mate, varios grandes archivadores antiguos, un reloj de arena que nadie parecía volver jamás y cientos de expedientes cuidadosamente ordenados.

El Archivero dejó secar la tinta antes de cerrar lentamente la carpeta que tenía entre las manos. No parecía tener prisa. Nunca la tenía. Tomó entonces un pequeño sello de bronce que no llevaba escudos ni fechas, solo una palabra grabada con absoluta sobriedad.
SEGUIMIENTO
Lo apoyó cuidadosamente sobre la última página. El sonido fue apenas perceptible. Más parecido al roce de una hoja que al golpe seco de los grandes sellos de la Oficina de los Diletantes. Después permaneció unos segundos contemplando el expediente. No sonreía, no fruncía el ceño, simplemente observaba. Como si cada carpeta contuviera una conversación que todavía no había terminado.
Se levantó despacio y caminó entre las estanterías. Algunas ocupaban salas enteras, otras apenas un pequeño rincón. Ninguna llevaba nombres, solo discretas placas de bronce.
PENDIENTES DE INTERPRETACIÓN
EN TRATAMIENTO
ARCHIVADOS

El Archivero avanzó unos pasos más y se detuvo frente a una estantería mucho más pequeña que todas las demás, donde permaneció inmóvil. Durante unos segundos pareció recorrer lentamente con la mirada cada uno de los expedientes que descansaban sobre ella. Después dejó cuidadosamente la carpeta que llevaba entre las manos. Sobre la placa únicamente podía leerse:
ACTIVOS DE LOS EXPLORADORES
No añadió ninguna explicación, no era necesaria.
Apagó lentamente la lámpara y la oscuridad volvió a ocupar la estancia. Solo entonces, antes de abandonar la habitación, dirigió la mirada hacia un archivador todavía cerrado. Permaneció observándolo apenas un instante. Sobre su cubierta podía leerse un único nombre.
David González

El Archivero no lo abrió, todavía no. Simplemente continuó caminando, porque incluso en la Ciudadela había expedientes que necesitaban seguir escribiéndose antes de poder ser leídos.
Los casos que permanecen
Las brasas continuaban desprendiendo un calor suave cuando David terminó la infusión. El bosque permanecía completamente inmóvil. Ni siquiera el arroyo parecía tener prisa aquella noche.
David guardó cuidadosamente el pequeño frasco de la druida y el estuche de nogal de la Ciudadela dentro de la mochila. Después permaneció unos instantes observando el fuego.

—Es extraño...
Juan José levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
—Hace unas semanas habría pasado toda la noche preguntándome si el tratamiento funcionaría.
El veterano sonrió.
—¿Y ahora?
David tardó unos segundos en responder.
—Ahora me preocupa más no estropear el Terreno que intentar obligarlo a mejorar.
Juan José se quedó pensativo. Aquella frase le recordó a alguien, a un hombre muchos años atrás. También él había llegado una tarde convencido de que necesitaba encontrar el tratamiento perfecto. Había llenado cuadernos enteros con anotaciones, memorizado protocolos, perseguido certezas con la obstinación de quien teme equivocarse y había tardado demasiado tiempo en comprender que el Terreno nunca le había pedido perfección, solo presencia.

Respiró despacio.
—¿Sabes cuál fue el caso que más me enseñó?
David negó con la cabeza.
—Pensaba que sería alguno especialmente difícil.
Juan José alimentó lentamente el fuego con una rama delgada.
—No. Fue uno que jamás conseguí resolver.
David levantó la vista.
El veterano permanecía contemplando las llamas.
—Durante mucho tiempo pensé que había fracasado. Creía que todo dependía de encontrar la respuesta adecuada.— Hizo una pausa. —Años después comprendí que aquella persona había cambiado mi manera de escuchar mucho más de lo que yo había cambiado su Terreno.
David permaneció expectante. Nunca había oído hablar así a Juan José.
—¿Y qué fue de él?
El veterano sonrió con una serenidad que no parecía esconder tristeza.
—No lo sé. El Terreno también nos enseña a aceptar que no todos los caminos vuelven a cruzarse.
El silencio regresó lentamente. Solo el crepitar del fuego acompañaba las últimas palabras.

Entonces David habló casi en un susurro.
—¿Y el hombre que escucha?
Juan José comprendió inmediatamente a quién se refería. "El que escucha antes del tratamiento".
Sonrió muy levemente.
—Él me recordó algo que nunca debería haber olvidado.
—¿Qué cosa?
Juan José levantó una pequeña piedra caliente que descansaba junto al fuego que sostuvo unos segundos entre los dedos.
—Que algunas veces creemos estar luchando contra una enfermedad...cuando en realidad estamos aprendiendo a leer una historia.
Depositó nuevamente la piedra sobre la tierra.
—El diagnóstico no era el enemigo. La Oficina de los Diletantes tampoco. La enfermedad tampoco. Todo aquello era el lenguaje con el que aquel Terreno estaba intentando mantener el equilibrio.
David bajó lentamente la mirada. Por primera vez comprendía por qué Juan José jamás hablaba de "casos", hablaba de personas. Y por eso todavía las recordaba.

El registro del Terreno
La puerta volvió a cerrarse lentamente tras el Archivero. La oscuridad envolvió durante unos instantes el corredor. Después otra lámpara comenzó a iluminarse. No era la misma estancia, era otra más pequeña, más antigua. Las paredes aparecían cubiertas por estanterías de nogal ennegrecidas por el paso de los años. No había centenares de expedientes, solo unos pocos. Cada uno ocupaba exactamente el espacio que necesitaba.

El Archivero tomó asiento. No abrió inmediatamente ninguna carpeta. Primero extendió sobre la mesa un grueso cuaderno de tapas oscuras en el que las hojas estaban escritas con una caligrafía extraordinariamente precisa. No contenían diagnósticos, ni tratamientos, ni nombres de enfermedades, solo observaciones. Tomó la pluma, mojó lentamente la punta en el tintero y comenzó a escribir.
Registro nocturno
La tinta tardó unos segundos en asentarse sobre el papel y después añadió una nueva línea.
El Explorador mantiene el tratamiento de la Escucha. Ha iniciado el tratamiento recibido en la Ciudadela Administrativa.
Permaneció inmóvil, como si esperara algo. No ocurrió nada y continuó escribiendo.
No se registran cambios clínicos significativos.
La pluma volvió a detenerse. Entonces añadió una última observación, mucho más despacio.
Sí se registran cambios en la manera de observar el Terreno.
El Archivero dejó la pluma sobre la mesa. Aquella frase parecía tener para él más importancia que todas las anteriores. Permaneció contemplándola y después cerró lentamente el cuaderno. No había terminado, solo había concluido la primera parte del registro.
Se levantó, caminó hasta un archivador estrecho situado junto a la pared del fondo y lo abrió. Dentro descansaban muy pocos expedientes, todos separados por finos divisores de madera. Cada uno llevaba únicamente un nombre.
El Archivero pasó lentamente los dedos por los lomos. No buscaba, reconocía. Entonces se detuvo.
David González
Extrajo la carpeta, la colocó cuidadosamente sobre la mesa y la abrió. Las primeras páginas resultaban familiares. Antígeno de Helicobacter pylori positivo. Tratamiento. Observaciones. Nada distinto de lo que David ya conocía, pero el Archivero no leyó ninguna de ellas. Pasó las hojas una tras otra, hasta llegar a una completamente en blanco, mojó nuevamente la pluma y escribió.
Estado del expediente: EN SEGUIMIENTO.

Nada más. Ni una explicación, ni una firma, ni una fecha. Esperó a que la tinta secara, cerró lentamente la carpeta que sostuvo unos segundos entre ambas manos y, antes de devolverla a su lugar, dirigió una breve mirada hacia otro expediente situado apenas unos centímetros más allá, solo un instante. El nombre apenas podía leerse bajo la luz de la lámpara.
Juan José Aversa.
El Archivero no hizo el menor ademán de abrirlo. Lo observó con el mismo respeto con el que un cartógrafo contempla un territorio que conoce demasiado bien para necesitar recorrerlo de nuevo.

Después cerró el archivador, apagó la lámpara y abandonó la estancia.
Un Distinto Amanecer
Los primeros pájaros comenzaron a romper lentamente el silencio del bosque. No era un canto uniforme. Cada uno parecía despertar a una hora distinta, como si el amanecer no llegara al mismo tiempo para todos los habitantes del Terreno.
David abrió los ojos despacio. Durante unos segundos permaneció tumbado dentro de la tienda. No sintió aquella urgencia con la que tantas mañanas había comenzado el día. Tampoco apareció el viejo impulso de buscar inmediatamente alguna señal que confirmara si el tratamiento estaba funcionando, simplemente respiró.
El aire de la mañana resultaba fresco, limpio. Salió lentamente de la tienda. La niebla todavía permanecía suspendida entre los árboles. Juan José ya estaba despierto. Terminaba de recoger cuidadosamente los utensilios del campamento mientras el pequeño fuego exhalaba sus últimos hilos de humo.

No intercambiaron palabras, no eran necesarias.
David dobló la manta, desmontó la tienda y comenzó a guardar cada objeto con una tranquilidad desconocida incluso para él mismo. Primero el cuaderno. Después el pequeño frasco de la druida. Por último, el estuche de nogal recibido en las Salas de Tratamiento de la Ciudadela Administrativa. Lo sostuvo unos instantes entre las manos antes de colocarlo cuidadosamente en el fondo de la mochila.
Juan José observó el gesto sin interrumpirlo. Esperó a que David terminara y solo entonces habló.
—Ya no llevas tratamientos en la mochila.
David levantó la vista.
—¿No?
El veterano sonrió.
—Ahora llevas responsabilidades.
David bajó lentamente la mirada hacia la mochila cerrada. Aquellas palabras no sonaban como una carga, sino como un privilegio.
Terminó de ajustar las correas y se la colocó sobre los hombros. Era exactamente la misma mochila con la que había salido de la Ciudadela días atrás y, sin embargo, no pesaba igual.
Reanudaron la marcha. El sendero ascendía suavemente entre grandes robles. La luz comenzaba a filtrarse entre las ramas, dibujando pequeños fragmentos dorados sobre la tierra húmeda. Durante un largo rato caminaron en silencio.

David fue quien terminó rompiéndolo.
—Juan José...
—¿Sí?
—¿Crees que algún día dejaré de hacer preguntas?
El veterano dejó escapar una breve risa.
—Espero sinceramente que no.
David sonrió.
—Entonces... ¿cómo sabe uno que ya es Explorador?
Juan José continuó caminando varios pasos antes de responder. Parecía elegir cuidadosamente cada palabra.
—Cuando dejas de buscar respuestas...— Hizo una breve pausa. —...para empezar a cuidar las preguntas.
David permaneció completamente callado. No porque no hubiera entendido la frase, sino porque comenzaba a descubrir que algunas respuestas solo podían aparecer mucho tiempo después de haber escuchado la pregunta adecuada.
Las huellas apenas se distinguían ya bajo las hojas caídas.

—Es curioso...
Juan José esperó.
—Hace unos días tenía la sensación de que éramos nosotros quienes recorríamos el sendero.
El veterano sonrió.
—¿Y ahora?
David tardó unos segundos en responder.
—Ahora... no estoy tan seguro.
Juan José dejó escapar una leve risa.
—Muchos creen que los Exploradores recorren senderos.
Hizo una breve pausa.
—Yo hace tiempo comprendí que ocurre justo al revés.
David lo miró con curiosidad.
—¿Cómo que al revés?
Juan José levantó la vista hacia el bosque.
La luz comenzaba a filtrarse entre las ramas como si también ella caminara.

—Son los senderos los que terminan recorriéndonos a nosotros.
David volvió a mirar el camino. Por primera vez comprendió que aquel bosque no solo conservaba las huellas de quienes lo habían atravesado, también dejaba una parte de sí mismo en cada uno de ellos y ambos continuaron caminando.
Los Activos
La Ciudadela Administrativa permanecía completamente inmóvil. No era el silencio de la noche, era otro. El de los lugares donde el tiempo no se detiene, simplemente deja de hacer ruido.
La lámpara volvió a iluminar lentamente la mesa del Archivero. El hombre permaneció unos segundos contemplando el expediente abierto ante él. No repasaba el diagnóstico, tampoco revisaba el tratamiento. Todo aquello ya pertenecía al pasado. Sus ojos descansaban únicamente sobre la última anotación.
Estado del expediente: EN SEGUIMIENTO.
Esperó a que la tinta terminara de secarse, después cerró lentamente la carpeta y la sostuvo unos instantes entre ambas manos como si, antes de archivarla, quisiera concederle un último momento de presencia.

Se levantó y caminó despacio entre las estanterías. No necesitaba buscar, conocía cada rincón de aquella inmensa biblioteca mucho antes de que el propio tiempo comenzara a numerar los días. Atravesó la gran sala de los expedientes archivados, después la de los tratamientos, más adelante quedaron los “pendientes de interpretación”.
Continuó caminando hasta llegar a una pequeña estancia separada del resto por una antigua puerta de nogal. Sobre la placa de bronce únicamente podía leerse:
ACTIVOS DE LOS EXPLORADORES

El Archivero abrió la puerta. La estancia resultó sorprendentemente pequeña. Allí no descansaban miles de expedientes, solo unos pocos. Los suficientes para contarse sin necesidad de numerarlos. Depositó cuidadosamente la carpeta de David junto a las demás. No añadió ninguna etiqueta, no escribió ninguna observación adicional. Permaneció unos segundos contemplando el conjunto y después su mirada se desplazó apenas unos centímetros sobre una de las carpetas más antiguas podía leerse un nombre.
Juan José Aversa
No la tocó, no parecía necesario. Asintió casi imperceptiblemente, como quien reconoce un sendero que nunca dejó de existir. Cerró lentamente la puerta, apagó la lámpara y la oscuridad volvió a ocupar la estancia.

Epílogo
Muy lejos de allí el sendero continuaba ascendiendo entre las montañas. La niebla comenzaba a retirarse lentamente y el bosque despertaba con esa serenidad que solo conocen los lugares donde el tiempo no necesita apresurarse.
David caminaba unos pasos por delante. Había aprendido a detenerse menos, a observar más.
Juan José sonrió discretamente y entonces ocurrió. Fue apenas un instante tan breve que habría resultado imposible decidir si realmente había sucedido.

El veterano disminuyó ligeramente el paso. No giró la cabeza, no buscó a nadie entre los árboles, simplemente permaneció inmóvil unos segundos. Como si hubiera percibido una presencia imposible de localizar.
David terminó por darse cuenta.
—¿Qué ocurre?
Juan José tardó un momento en responder. Respiró profundamente y después negó suavemente con la cabeza.
—Nada.
Reanudó la marcha pero, tras recorrer apenas unos metros, habló casi para sí mismo.
—Aunque... a veces tengo la impresión de que el Terreno recuerda mucho más de nosotros de lo que nosotros recordamos de él.
David miró a su alrededor. El bosque, la niebla, las montañas. No había nadie. Cuando volvió la vista hacia Juan José, el veterano caminaba con la misma serenidad de siempre.
David sonrió.

—Cada vez entiendo menos algunas de tus frases.
Juan José soltó una pequeña carcajada.
—Eso significa que vamos por buen camino.
Los dos Exploradores continuaron ascendiendo. El sendero desaparecía lentamente entre los árboles y, mientras el bosque volvía a guardar silencio, en algún lugar del Planisferio un expediente permanecía abierto. Porque hay historias que no terminan cuando se archivan, solo cambian de la forma en la que continúan siendo observadas.
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