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(XV) El Cambio en Silencio

15 oct
27 min de lectura

Autores:

Juan José Aversa

M.V. cPhD | C.M.O. IntegraVet®

& David González Santos

Especialista en Biomecánica Fascial y Mecanotransducción | ©auXMECh




La noche en que el Terreno protestó


Aquella noche David apenas consiguió dormir. Los calambres comenzaron lentamente, como pequeñas corrientes que recorrían las grandes rutas musculares del Terreno. Primero una pierna, después la otra. Finalmente todo el cuerpo pareció recordar de golpe lugares que llevaba demasiado tiempo sin visitar.


A la mañana siguiente el cansancio era tan profundo que incluso levantar los párpados exigía una decisión consciente. Los brazos pesaban como si hubieran atravesado una larga travesía cargando piedras invisibles. La cabeza latía con un ritmo sordo y persistente. En la boca permanecía un sabor extraño, metálico, imposible de describir.


Permaneció acostado casi todo el día. No tenía fiebre, no sentía miedo, solo la desconcertante impresión de que el Terreno estaba trabajando sin pedir permiso.


Cuando Juan José regresó al campamento lo encontró observando el techo de la tienda.



—¿Ha ido mal? —preguntó el veterano.


A David le costó un momento responder. Porque estaba revisando su propio Terreno.


—No lo sé. Si te soy sincero... creo que nunca me había sentido tan cansado.


Juan José preparó lentamente la infusión. Esperó a que el agua dejara de hervir antes de responder.


—A veces, cuando una Ciudad lleva demasiado tiempo intentando sostener un equilibrio imposible, basta con cambiar una sola pieza para que todos los barrios comiencen a reorganizarse al mismo tiempo.


David permaneció en silencio.


—¿Entonces esto significa que estoy mejorando?


El veterano sonrió con esa calma que solo poseen quienes han aprendido a desconfiar de las respuestas rápidas.


—No significa nada.


Le entregó la taza.



—Solo significa que hoy el Terreno está escribiendo una página que todavía no ha concluido.


David sostuvo la infusión entre las manos. Por primera vez desde que había comenzado el tratamiento comprendió que no todos los días del camino estaban hechos para avanzar. Algunos estaban hechos únicamente para permitir que el propio Terreno encontrara un nuevo modo de caminar.


La noche resultó mucho más larga de lo que David había imaginado. Los calambres comenzaron poco después de acostarse. Al principio creyó que desaparecerían al cambiar de postura, pero pronto comprendió que no obedecían a ninguna posición concreta. Parecían recorrer lentamente ambas piernas como si siguieran antiguos senderos ocultos bajo el Terreno.


Intentó dormir, pero no lo consiguió. Cada vez que el cuerpo parecía relajarse, una nueva contracción volvía a despertarlo. Cuando finalmente amaneció apenas había descansado. La cabeza pesaba, los brazos parecían conservar el cansancio de una jornada que nunca había vivido, un sabor amargo permanecía instalado en la boca desde hacía horas y una fatiga profunda le obligó a permanecer acostado casi todo el día. No era únicamente agotamiento. Era la extraña sensación de que el Terreno entero trabajaba en silencio mientras él solo podía esperar.


Las pequeñas ampollas que "el que escucha antes del tratamiento" le había entregado en la Ciudadela Administrativa ya formaban parte de su rutina. También el frasco de la druida, cuya infusión preparaban cada tarde junto al fuego. Ninguno de aquellos remedios prometía milagros, ninguno hablaba de rapidez. Sin embargo, aquella mañana David tuvo la impresión de que ambos habían abierto una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. No sabía si aquello era un retroceso o el comienzo de algo distinto y esa incertidumbre resultaba mucho más difícil de soportar que el propio cansancio.


Cuando Juan José regresó al campamento encontró a David sentado frente al fuego casi apagado. La taza permanecía entre sus manos, pero la infusión se había enfriado hacía ya un buen rato. El veterano no preguntó inmediatamente cómo se encontraba, se sentó a su lado y esperó.



Solo cuando el silencio terminó de acomodarse entre ambos, David habló.


—Creo que hoy el Terreno ha decidido protestar.


Juan José levantó lentamente la mirada hacia el bosque.


Las últimas brasas emitían pequeños crujidos que apenas conseguían romper el silencio del campamento. Muy lejos, un búho dejó escapar una única llamada antes de que todo volviera a quedar inmóvil.


El veterano permaneció observando las llamas durante largo rato.


—¿Sabes qué tienen en común los grandes bosques y los grandes Terrenos? —preguntó finalmente.


David negó con la cabeza.


—Que nunca cambian de golpe. Primero lo hace una raíz. Después una corriente de agua. Más tarde un árbol enferma, otro ocupa su lugar, el musgo avanza unos centímetros y, cuando alguien regresa muchos años después, cree encontrarse ante un bosque distinto. Pero el bosque nunca cambió un solo día. Cambió todos.


David permanecía escuchando.


—El Terreno hace exactamente lo mismo.


Las brasas cedieron lentamente bajo un pequeño tronco que terminó de consumirse.


—Los grandes cambios casi nunca hacen ruido, David. El Terreno prefiere reorganizarse en silencio y ese será el siguiente paso en tu reorganización del Terreno. Solo después comprendemos que llevaba tiempo cambiando. Ahora es momento del Dark Noise y, eso, solo puedes afrontarlo con paz, paciencia e introspección.


David quedó desconcertado tratando de procesar lo que acababa de escuchar. La última frase que había pronunciado Juan José le tenía realmente intrigado y sorprendido. Tardó unos segundos en encontrar las palabras.


—Dark... ¿Noise? ¿Qué quieres decir? ¿Qué... significa? Nunca antes lo habías mencionado.



El veterano guardó la compostura durante un instante. Desde hacía bastantes microciclos no había visto en David tal desconcierto. Se mantuvo callado unos instantes. Después soltó una carcajada breve, limpia, imposible de contener.


David terminó riendo también, aunque seguía sin entender absolutamente nada.


Cuando ambos recuperaron la calma, Juan José se incorporó lentamente, tomó el pequeño puchero ya vacío y comenzó a apagar cuidadosamente las últimas brasas con un poco de agua del arroyo.


—Todavía no.


David frunció ligeramente el ceño.


—¿Todavía no qué?


Juan José levantó el puchero y lo guardó en la mochila.


—Todavía no es una historia para este camino.


Después le dio una ligera palmada en el hombro y comenzó a caminar hacia la tienda.


—Duerme. Mañana el Terreno seguirá trabajando... y nosotros también.


David permaneció sentado unos minutos más contemplando el humo que ascendía lentamente entre las ramas.



"Dark Noise."


Repitió aquellas dos palabras en silencio, como quien intenta recordar el nombre de un lugar en el que está convencido de no haber estado nunca.


Muy lejos de allí, en algún punto imposible de situar en los mapas del Planisferio, una corriente de aire recorrió una galería completamente oscura y, por un instante tan breve que nadie habría podido asegurarlo después, pareció que algo hubiera escuchado su nombre.


No ocurrió nada más. Ninguna puerta se abrió, ninguna lámpara se encendió, solo el polvo acumulado durante años se levantó unos centímetros del suelo antes de volver a depositarse sobre las viejas losas de piedra.


Al fondo de aquella galería permanecían varias puertas cerradas. Algunas llevaban tanto tiempo sin abrirse que la madera había terminado adquiriendo prácticamente el mismo color que los muros. Otras conservaban pequeñas placas de bronce cuyas inscripciones ya apenas podían distinguirse.


Pero había una diferente. No tenía cerradura, tampoco nombre. Sobre ella únicamente aparecía grabado un símbolo: dos líneas que parecían avanzar juntas durante un breve tramo para después separarse y desaparecer en direcciones opuestas.


La corriente de aire llegó hasta allí y se detuvo.





Llegando al punto de partida


A la mañana siguiente David despertó bastante más tarde de lo habitual. Durante unos segundos permaneció inmóvil dentro de la tienda. Esperó. No sabía exactamente qué esperaba, pero lo hizo. Quizá un calambre, quizá aquella pesadez que el día anterior había convertido sus brazos en dos objetos extraños o quizá el sabor amargo.


Nada. Entonces estuvo a punto de hacer lo que tantas veces había hecho durante los últimos años: recorrer mentalmente el cuerpo buscando aquello que todavía no había aparecido.


Se detuvo, sonrió y salió de la tienda.


Juan José ya había desmontado buena parte del campamento. La niebla permanecía suspendida entre los árboles y el fuego de la noche anterior se había convertido en un pequeño círculo oscuro rodeado de piedras húmedas.


—¿Qué tal? —preguntó el veterano sin levantar la mirada.


David estuvo a punto de responder automáticamente. Bien, mejor, peor. No lo sé. Pero ninguna de aquellas respuestas le pareció correcta.


—Distinto.


Juan José dejó de enrollar una cuerda durante apenas un segundo.


—Esa es una respuesta bastante más interesante.


David se agachó para recoger su mochila.


—Sigo pensando en lo que dijiste anoche.


—Digo muchas tonterías por la noche.


—Dark Noise.


Juan José continuó enrollando la cuerda. Esta vez no se rio.


—Te dije que todavía no.


—Precisamente por eso.


El veterano terminó el último nudo, se incorporó y miró hacia el sendero. La niebla comenzaba a retirarse lentamente de las regiones más altas de la montaña.



—Hay cosas, David, que pueden explicarse.


Se colocó la mochila sobre los hombros.


—Y hay otras que necesitan un lugar adecuado para ser comprendidas.


David siguió la dirección de su mirada.


El sendero ascendía entre los árboles hasta desaparecer detrás de una enorme formación rocosa.


—¿Y vamos a ese lugar?


Juan José comenzó a caminar.


—Llevamos varios días yendo hacia él.


David permaneció quieto.


—¿Cómo que varios días?


El veterano no se volvió.


—Si te lo hubiera dicho antes, habrías pasado todo el camino intentando llegar.


David sonrió y comenzó a seguirlo.


—¿Y ahora?


Juan José apartó una rama que atravesaba el sendero y esperó a que David pasara.


—Ahora estás caminando.


Continuaron ascendiendo.


Durante casi una hora el bosque fue perdiendo densidad. Los grandes robles dejaron paso a hayas más pequeñas y, poco después, las hayas comenzaron también a desaparecer. La luz de la mañana alcanzaba ya el sendero sin necesidad de atravesar las copas.


Fue entonces cuando David vio algo entre la niebla. Al principio creyó que era una formación de roca, después distinguió una línea demasiado recta, luego otra y se detuvo.


Juan José continuó caminando unos pasos antes de advertir que ya no lo seguía.



David entrecerró los ojos.

Muy por encima del bosque, incrustada entre dos enormes laderas de piedra, aparecía una torre. No parecía una fortaleza, tampoco un edificio administrativo. Era mucho más antigua. La niebla se desplazó unos metros y dejó aparecer una segunda torre, después un tejado, una cúpula verdosa, un muro cubierto de hiedra. Finalmente, como si la montaña hubiera decidido revelar poco a poco aquello que llevaba siglos protegiendo, apareció ante ellos una enorme construcción extendida sobre diferentes niveles de la ladera.


David no dijo nada.


Juan José se situó a su lado.


—¿Qué es eso?


El veterano contempló durante unos segundos el conjunto.



Por primera vez desde que habían iniciado aquella expedición, algo cambió ligeramente en su expresión. No era sorpresa, era reconocimiento.


—La Universidad Bioseñatista.


David volvió la mirada hacia él.


—¿La Universidad?


Juan José asintió.


David introdujo lentamente la mano en uno de los bolsillos interiores de su mochila. Allí seguía la hoja que había recibido días atrás, la autorización. De repente comprendió algo que hasta entonces no había pensado. Aquella carta no le concedía acceso a un concepto, sino a un lugar y aquel lugar estaba frente a él.


Juan José comenzó nuevamente a caminar.


—Vamos.


David guardó la autorización.


—¿Has estado aquí antes?


El veterano se detuvo. No respondió inmediatamente. Miró nuevamente las torres que emergían entre los últimos restos de niebla y sonrió de una manera que David no le había visto nunca.


—Hace mucho tiempo.


Reanudó la marcha.


David permaneció observándolo unos segundos antes de seguirlo. Todavía no podía saberlo, pero aquella había sido la respuesta más incompleta que Juan José le había dado desde que comenzaron a caminar juntos. Porque en la Universidad Bioseñatista no solo había estado, una parte de su historia todavía vivía allí.


El sendero descendió brevemente antes de comenzar el último ascenso. A medida que se aproximaban, David comprendió que desde la distancia había interpretado mal las dimensiones del lugar. Aquello no era un edificio construido en la montaña, era una ciudad dentro de ella.


Las primeras construcciones aparecieron dispersas junto al camino. Pequeñas casas de piedra, talleres abiertos, jardines delimitados por muros bajos y extrañas estructuras de madera cuya utilidad David no consiguió reconocer. Algunas personas trabajaban en silencio. Otras caminaban transportando libros, cajas, instrumentos o enormes rollos de papel.


Nadie parecía tener prisa. Aquello fue lo primero que le llamó la atención. Lo segundo fue que nadie llevaba expedientes. Después de tantos días entrando y saliendo de la Ciudadela Administrativa, aquella ausencia resultaba casi desconcertante. No había funcionarios corriendo detrás de un sello, no había ventanillas, ni números esperando ser llamados. Ni siquiera había pasillos donde una decisión pareciera necesitar tres autorizaciones para llegar hasta la habitación siguiente.



David sonrió.


—Esto no se parece demasiado a la Ciudadela.


—Afortunadamente —respondió Juan José.


Continuaron caminando.


Un hombre de avanzada edad pasó junto a ellos empujando un pequeño carro lleno de libros. Saludó a Juan José con una inclinación de cabeza. Juan José respondió del mismo modo.


David lo observó.


Unos metros después, una mujer que trabajaba junto a una mesa cubierta de plantas levantó la mirada. También reconoció a Juan José. Esta vez sonrió.


—Buenos días, Explorador.


—Buenos días.


David esperó hasta que se hubieron alejado.


—Hace mucho tiempo, ¿no?


Juan José siguió caminando.


—Bastante.


—Ya.


No preguntó más, pero comenzó a mirar de otra manera. A partir de entonces dejó de observar únicamente la Universidad y comenzó a observar cómo la Universidad observaba a Juan José.


Fue entonces cuando comprendió que algo no encajaba con la historia que había imaginado. No lo trataban como a un visitante, tampoco exactamente como a una autoridad, lo reconocían. Había una diferencia.


Atravesaron finalmente un enorme arco de piedra. No había guardias. Sobre el arco tampoco aparecía el nombre de la Universidad. Solo una inscripción profundamente tallada en la roca.


David se detuvo para leerla.


NULLUM SIGNUM SINE TERRA



—¿Qué significa?


Juan José levantó la mirada.


—Ninguna señal sin Terreno.


David volvió a contemplar la inscripción.


—Me gusta.


—Por eso sigue ahí.


—¿Desde cuándo?


Juan José observó las letras.


—Desde mucho antes de que alguien decidiera que una señal podía explicarse sin conocer el lugar del que procedía.


David sonrió.


—Eso ha sonado a crítica.


—Entonces lo has entendido perfectamente.


Cruzaron el arco. Al otro lado se abría una gran plaza empedrada rodeada de edificios pertenecientes a épocas diferentes. Algunos conservaban la austeridad de las construcciones más antiguas del Planisferio. Otros tenían enormes ventanales, galerías acristaladas y estructuras metálicas que parecían haber sido añadidas siglos después.




El Aula Magna


David giró lentamente sobre sí mismo. En una de las fachadas distinguió un relieve del cuerpo humano atravesado por líneas de tensión. En otra, una representación de raíces extendiéndose bajo una figura animal. Más allá había una torre cuya parte superior estaba abierta al cielo y, junto a ella, un edificio circular del que entraban y salían personas transportando instrumentos.



Pero el edificio situado frente a ellos era diferente. Una amplia escalinata ascendía hasta una fachada de piedra clara. Seis enormes columnas sostenían un pórtico sobre el que podían distinguirse figuras humanas, animales y vegetales entrelazadas en un mismo relieve. En el centro no había ningún escudo, había un árbol. Sus raíces descendían hasta confundirse con los cimientos. Sus ramas ascendían hasta perderse entre las figuras del frontón.


David señaló el edificio.


—Déjame adivinar.


Juan José lo miró.


—Aula Magna.


El veterano negó lentamente con la cabeza.


—Archivo General.


David lo miró sorprendido.


Juan José consiguió mantener la seriedad apenas dos segundos.


—Claro que es el Aula Magna.


David soltó una carcajada.


—Algún día voy a dejar de creerte.


—Ese día empezarás a ser un Explorador peligroso.



Comenzaron a subir los escalones. Fue aproximadamente a mitad de la escalinata cuando Juan José dejó de caminar. David dio dos pasos más antes de darse cuenta y se volvió.


El veterano estaba mirando hacia arriba. David siguió su mirada.


Dos personas acababan de aparecer bajo el pórtico. Un hombre y una mujer que no llevaban las ropas de los Exploradores. Sus vestimentas eran mucho más antiguas, ceremoniales, confeccionadas con tejidos pesados y sobrios que parecían pertenecer a otra época de la Universidad. El hombre permanecía erguido junto a una de las columnas. La mujer estaba unos pasos por delante.


David miró a Juan José y entonces ocurrió algo todavía más extraño. Juan José se quitó lentamente el sombrero. David jamás le había visto hacer aquello ante nadie.


La mujer comenzó a bajar la escalinata. No miraba a David, sino al veterano.



Cuando llegó hasta ellos permaneció unos segundos en silencio. Juan José también.


David tuvo la inmediata sensación de encontrarse en mitad de una conversación que había comenzado muchos años antes de que él apareciera.


Finalmente, la mujer sonrió.


—Has tardado.


Juan José inclinó ligeramente la cabeza.


—El camino era largo.


Ella miró entonces por primera vez a David. No preguntó quién era, tampoco pareció necesitar comprobar ninguna autorización. Simplemente lo observó durante unos segundos con aquella forma particular de mirar que David había aprendido a reconocer en algunos Exploradores: no parecía estar estudiando su rostro. Estaba leyendo el camino que lo había llevado hasta allí. Después volvió a mirar a Juan José.


—¿Es él?


Juan José asintió.


—Es él.


David abrió ligeramente la boca.


—Perdonad...


Ambos lo miraron.


—¿Alguien podría explicarme qué significa exactamente «es él»?


La mujer sonrió y Juan José volvió a colocarse el sombrero.


—Bienvenido a la Universidad Bioseñatista.


—Eso tampoco responde a mi pregunta.


—Te acostumbrarás.


La mujer dejó escapar una pequeña risa y entonces David comprendió otra cosa. Aquella mujer no solo conocía a Juan José, había caminado alguna vez como él. Lo revelaban pequeños detalles que ninguna vestimenta ceremonial podía ocultar: la manera de apoyar los pies, la quietud de las manos, la forma de observar antes de hablar. David había visto aquella postura muchas veces. En los senderos, en los campamentos, frente a un Terreno difícil de interpretar. Era la postura de un Explorador o, al menos, de alguien que lo había sido.


Desde lo alto de la escalinata, el hombre que todavía permanecía junto a las columnas observó la escena sin intervenir.


La mujer se volvió hacia él. Durante apenas un instante sus miradas se encontraron y David tuvo la impresión de que entre ambos acababa de producirse una conversación completa.



Ella volvió a mirar a los recién llegados.


—El Regente os está esperando.


David levantó la mirada hacia el hombre.


—¿El Regente?


La mujer comenzó a subir nuevamente los escalones.


—Del Aula Magna.


David caminó detrás de ella. Juan José permaneció quieto un instante más.


La mujer se detuvo y se volvió hacia él.


—¿Vienes?


El veterano contempló la fachada, las columnas, el árbol esculpido sobre el frontón. Algo muy antiguo atravesó su mirada.


—Sí.


Y comenzó a subir.


David todavía no podía saber que aquella escalinata había sido recorrida muchas veces por Juan José. Ni que la mujer que caminaba delante de ellos había llevado alguna vez una mochila en lugar de aquellos ropajes ceremoniales. Tampoco que el hombre que los esperaba frente al Aula Magna custodiaba una colección de textos que muy pocas personas tenían autorización para consultar. Pero, sobre todo, no podía saber que en algún lugar bajo aquel edificio, varios niveles por debajo de la plaza que acababan de atravesar, existía una galería en la que ninguna lámpara permanecía encendida. Una galería con una puerta sin cerradura y sobre aquella puerta, dos líneas que avanzaban juntas hasta que dejaban de hacerlo.


David todavía ignoraba su existencia. En aquel momento toda su atención estaba concentrada en la enorme puerta del Aula Magna. El Regente esperaba ante ella.


A medida que ascendían los últimos escalones, David pudo observarlo mejor. Había algo extraño en aquel hombre. No por sus ropajes ceremoniales ni por la sobriedad con la que permanecía junto a las columnas. Era su quietud. No parecía estar esperando, mostraba formar parte del lugar.



La antigua Exploradora llegó hasta él y ambos intercambiaron una mirada breve.


—Han llegado.


El Regente observó primero a Juan José.


—Eso veo.


Después dirigió los ojos hacia David. No dijo nada.


David sostuvo la mirada durante unos segundos hasta que comenzó a sentirse incómodo.


—David González —se presentó finalmente.


El hombre esbozó una sonrisa casi imperceptible.


—También eso lo veo.


David miró de reojo a Juan José.


—Empiezo a entender por qué os lleváis bien todos aquí.


La antigua Exploradora ocultó una sonrisa. Juan José ni siquiera lo intentó.


El Regente abrió la puerta.


—Entrad.




El descenso de la interpretación


El Aula Magna estaba vacía.


David había esperado encontrar una gran sala destinada a ceremonias, discursos o reuniones solemnes. Lo era, pero era muchas otras cosas.


La luz penetraba desde enormes ventanales situados a varios metros de altura y descendía sobre las gradas de madera formando columnas de polvo suspendido. En el centro se extendía un espacio circular de piedra rodeado por varios niveles de asientos. No había estrado, tampoco púlpito.



David caminó lentamente hacia el centro.


—¿Dónde se coloca quien habla?


El Regente cerró la puerta tras ellos.


—Donde tenga algo que decir.


David contempló la sala.


—¿Y quién dirige las sesiones?


—Depende de quién tenga algo que escuchar.


David volvió la cabeza hacia Juan José.


—Definitivamente este lugar no sobreviviría una semana en la Ciudadela Administrativa.


—Por eso construyeron la Ciudadela lejos de aquí —respondió el veterano.


Esta vez incluso el Regente sonrió.


La mujer caminó hacia uno de los laterales del Aula. Allí había una pequeña puerta de madera casi invisible entre los paneles de nogal. Sacó una llave.


David reparó entonces en sus manos. No eran las manos que esperaba encontrar bajo aquellos ropajes. Habían pequeñas cicatrices, callos antiguos, marcas que no pertenecían a una vida transcurrida entre libros. Juan José también las había visto.



Ella lo notó.


—Algunas cosas no desaparecen.


Juan José negó lentamente.


—Las importantes nunca lo hacen.


David permaneció observándolos. Otra vez aquella sensación. Una conversación debajo de la conversación.


La mujer abrió la puerta. Al otro lado apareció un corredor estrecho.


—Venid.


Descendieron. Primero una planta, después otra y otra más. A medida que bajaban, la Universidad parecía hacerse más antigua. La piedra sustituía progresivamente a la madera. Los grandes ventanales desaparecieron y pequeñas lámparas comenzaron a iluminar el recorrido.



David perdió pronto la noción de la profundidad.


—¿Dónde estamos?


—Debajo del Aula Magna —respondió el Regente.


—Eso ya lo había deducido.


—Entonces empiezas bien.


David soltó aire por la nariz.


Juan José caminaba detrás de él disfrutando demasiado de la situación.


Llegaron finalmente a una galería. El Regente se detuvo. David también. A ambos lados del corredor había puertas, decenas de ellas. Sobre cada una aparecía grabado un símbolo diferente. No nombres, ni números, símbolos. Algunos representaban animales, otros plantas, otros formas geométricas que David no consiguió reconocer.



—¿Qué guardáis aquí?


El Regente continuó caminando.


—Preguntas.


David esperó una explicación que no llegó.


—¿Preguntas?


—Las respuestas envejecen.


La voz del Regente resonó suavemente entre las paredes.


—Las buenas preguntas no.


La antigua Exploradora caminaba ahora junto a David.


—Cuando esta Universidad era mucho más pequeña, alguien comprendió que conservar únicamente aquello que creíamos saber era una forma muy eficaz de olvidar todo lo que todavía ignorábamos.


David observó las puertas.


—Así que guardasteis las preguntas.


—Las que merecían sobrevivir a quienes las formularon.


Llegaron al final de la galería. Allí había una última puerta, sin símbolo, sin cerradura. Solo dos líneas grabadas sobre la piedra.




En el cruce del descubrimiento


David se detuvo.


Las líneas comenzaban paralelas, descendían juntas durante varios centímetros, después una de ellas se desviaba.


David acercó la mano. No llegó a tocarla.



—¿Qué significa?


Nadie respondió.


Miró a Juan José. El veterano contemplaba las líneas. Había desaparecido cualquier rastro de humor de su rostro.


David miró entonces a la antigua Exploradora. También ella permanecía seria.

Finalmente fue el Regente quien habló.


—Depende de cuándo hagas la pregunta.


David frunció el ceño.


—No entiendo.


—Todavía no.


El Regente continuó caminando, pero David permaneció frente a la puerta. Había algo en aquel símbolo que le resultaba incómodamente familiar. Dos trayectorias, un mismo origen. Un recorrido compartido y después... la separación.


Sintió un ligero calambre en la pierna. Fue tan pequeño que probablemente unas semanas antes ni siquiera habría reparado en él, pero lo hizo. Bajó la mirada y esperó. Nada. No buscó inmediatamente una explicación. No comprobó el músculo, no trató de reproducirlo. Simplemente permaneció quieto unos segundos y después continuó caminando.


Juan José lo había observado. No dijo nada, pero sonrió.


La sala a la que llegaron era mucho más pequeña. Había una gran mesa circular y, alrededor de ella, varias vitrinas protegidas por gruesos cristales. Dentro descansaban libros. No parecían especialmente impresionantes. Algunos eran apenas cuadernos, otros estaban deteriorados. Había hojas sueltas, dibujos anatómicos, mapas, anotaciones realizadas en márgenes y pequeños fragmentos de papel cuidadosamente conservados.


David se acercó a una de las vitrinas.



—¿Estos son los incunables?


El Regente negó.


—No.


—Entonces ¿dónde están?


El hombre señaló una puerta situada al fondo.


—Allí.


David dio un paso. El Regente no se movió. David dio otro. Nada.


Llegó hasta la puerta y, entonces, se volvió.


—¿Puedo?


—No.


David cerró los ojos.


Juan José soltó una carcajada.


—Podrías haberme avisado antes de dejarme cruzar toda la sala.


—No me lo habías preguntado antes.


David regresó junto a ellos murmurando algo que ninguno consiguió entender.


La antigua Exploradora sonreía.


—Sigues haciendo demasiadas preguntas demasiado deprisa.


David se detuvo.


Aquella frase...


La miró. Ella sostuvo su mirada.


—¿Nos conocemos?


—No.


—Entonces ¿cómo sabes...?


La mujer no respondió inmediatamente. Caminó hasta una de las vitrinas y apoyó suavemente los dedos sobre el cristal.



—Porque yo también llegué aquí intentando comprenderlo todo.


David miró a Juan José.


El veterano permanecía en silencio.


—Yo también creía —continuó ella— que explorar consistía en avanzar.


Sus dedos recorrieron lentamente el borde de la vitrina.


—Abrir una puerta. Después otra. Encontrar una respuesta. Después otra. Llegar más lejos. Saber más.


Se volvió hacia David.


—Hasta que un día mi propio Terreno me obligó a detenerme.


El silencio que siguió cambió el ambiente en toda la estancia.


David ya no estaba escuchando una explicación sobre la Universidad, sino una historia.


—¿Qué ocurrió?


La mujer contempló durante unos instantes las antiguas páginas protegidas bajo el cristal.


—Nada extraordinario. —Hizo una pausa—Ese fue precisamente el problema.


David frunció ligeramente el ceño.


—No hubo una gran enfermedad. No hubo una herida que pudiera señalar. No hubo un acontecimiento que explicara lo que estaba ocurriendo. Solo pequeñas cosas.


Se llevó una mano al antebrazo.


—Cansancio.


Después al cuello.


—Tensión.


Finalmente apoyó los dedos sobre el abdomen.


—Sensaciones que aparecían y desaparecían.


David dejó de moverse.


La mujer continuó.


—Cuanto más intentaba comprenderlas, más señales encontraba. Cuantas más señales encontraba, más necesitaba interpretarlas.


Juan José bajó ligeramente la mirada.



David sintió que algo dentro de él acababa de reconocer aquella historia antes que su propia mente.


—Hasta que llegó un momento —dijo ella— en que ya no sabía si estaba escuchando mi Terreno...


Sus ojos encontraron los de David.



—...o el ruido que producía intentando escucharlo.


Nadie habló. Ni siquiera Juan José.


David recordó las noches anteriores. Los calambres, la cabeza pesada, el sabor metálico, las pequeñas variaciones que había observado desde que comenzara el tratamiento. Recordó también algo mucho más difícil de reconocer. La cantidad de veces que había buscado una señal, una confirmación, una prueba de que aquello estaba funcionando.


—Dark Noise —murmuró.


Juan José levantó los ojos.


La antigua Exploradora no pareció sorprendida.


—Así que ya te lo ha dicho.


David miró inmediatamente al veterano.


—¿Ella también sabe lo que es?


Juan José sonrió.


—David, estás en una Universidad.


—Contigo nunca se sabe.


El Regente intervino por primera vez desde que comenzara aquella conversación.


—El Dark Noise no siempre aparece porque el Terreno haya dejado de hablar.


David lo miró.


—A veces aparece porque alguien está escuchando demasiado.


Aquella frase permaneció suspendida en la sala.


David volvió a mirar los manuscritos y de repente comprendió por qué aquella mujer había abandonado los caminos. O creyó comprenderlo.


—¿Por eso dejaste de ser Exploradora?


Ella sonrió.


—Nunca dejé de serlo.


Miró al Regente.


Él permanecía a pocos metros, observándola con una serenidad que David empezaba a interpretar de otra manera.


—Solo dejé de creer que para explorar necesitaba estar siempre caminando.


El Regente sostuvo su mirada y, durante un instante, David vio algo que ningún archivo de aquella Universidad podría haber conservado. No el momento en que se conocieron, no el instante en que se enamoraron, sino algo probablemente mucho más importante. El momento en que ella había decidido quedarse.



David volvió a pensar en las dos líneas. Entonces comprendió que quizá las había interpretado mal. Había supuesto que representaban una separación. Dos caminos que dejaban de compartir destino, pero podía existir otra lectura. Tal vez una de aquellas líneas no se alejaba. Tal vez simplemente había encontrado otro modo de continuar.


Miró sus propias manos. Los últimos días había esperado cambios grandes, una mejoría evidente, una señal inequívoca. Algo que pudiera señalar y decir: Aquí, aquí comenzó a funcionar. Pero no había ocurrido así. El cambio había sucedido en lugares mucho más pequeños.


Aquella mañana había sentido un calambre y no lo había perseguido. Había esperado, había respirado y había seguido caminando. Nadie se lo había señalado, nadie lo había celebrado, ni siquiera él mismo había sido consciente hasta ese momento.


David levantó lentamente la mirada. Juan José estaba observándolo. No preguntó qué había comprendido, no hacía falta. Porque los grandes cambios casi nunca hacían ruido y quizá el verdadero silencio no consistía en que el Terreno dejara de hablar. Quizá consistía en que, por primera vez, uno dejaba de interrumpirlo.




La última puerta


Y todavía quedaba una puerta. David la descubrió cuando el Regente comenzó a caminar hacia el fondo de la sala. Era la misma ante la que se había detenido unos minutos antes. La puerta de los incunables.


Esta vez el hombre no pasó de largo e introdujo una pequeña llave en la cerradura.


David levantó una ceja.


—Hace un momento me has dicho que no podía entrar.


—Hace un momento no podías.


—¿Y ahora sí?


El Regente giró la llave.


—Ahora tampoco.



David abrió la boca.


Juan José comenzó a reír antes incluso de que pudiera responder.


—Me está empezando a caer bien —dijo.


El Regente abrió la puerta.


—Pero podéis mirar.


David negó lentamente con la cabeza.


—Esta Universidad tiene un serio problema con las respuestas sencillas.


—Las respuestas sencillas fueron uno de los motivos por los que hubo que construirla.


La puerta terminó de abrirse y David dejó de sonreír.


No era una biblioteca. Al menos no se parecía a ninguna que hubiera conocido. La estancia se extendía mucho más allá de lo que permitía imaginar la arquitectura exterior del edificio. Grandes estanterías ascendían hasta perderse en la penumbra. Escaleras móviles recorrían raíles de hierro ennegrecido y, cada pocos metros, pequeñas lámparas proyectaban círculos de luz sobre mesas de lectura vacías. Pero lo extraordinario no era su tamaño, era el silencio.



David había conocido muchos silencios. El de las noches en el bosque. El de una consulta antes de que alguien comenzara a contar lo que le ocurría. El de Juan José cuando prefería esperar antes que responder. Incluso el silencio incómodo de quien sabe que algo está sucediendo en su cuerpo y todavía no posee palabras para describirlo. Aquello era diferente, era un silencio lleno.


Miles de páginas permanecían allí sin reclamar ser leídas. Miles de personas habían dejado preguntas, observaciones, errores, intuiciones y descubrimientos entre aquellas paredes y ninguno parecía tener prisa por demostrar nada.


David permaneció en el umbral.


—¿Cuántos hay?


—No lo sabemos —respondió el Regente.


David lo miró sorprendido.


—¿Eres el Regente del Aula Magna y no sabes cuántos libros custodia?


—Precisamente porque los custodio he aprendido que contarlos no es lo mismo que conocerlos.


Juan José cruzó los brazos.


—Te avisé.


—No. Tú nunca avisas de nada.


—También es verdad.


La antigua Exploradora se acercó hasta ellos.


—Algunos llegaron aquí hace siglos. Otros son mucho más recientes. No todos son libros publicados. Hay cuadernos de campo, correspondencia, dibujos, diarios de expedición, hipótesis abandonadas...


—¿Hipótesis equivocadas?


Ella negó.


—Abandonadas.


David comprendió la diferencia.


—¿Las conserváis aunque no funcionaran?


El Regente lo miró.


—Especialmente entonces.




El registro de las consultas


Caminó hacia una mesa situada junto a la entrada. Sobre ella descansaba un volumen enorme. No estaba protegido por cristal, tampoco parecía particularmente antiguo. Su cubierta era de cuero oscuro y no llevaba título.


El Regente lo abrió.


Las primeras páginas estaban llenas de nombres. Algunos aparecían acompañados por fechas, otros por pequeños símbolos, muchos habían sido tachados con una única línea.


David se inclinó sobre el libro.



—¿Qué es?


—El registro de quienes han solicitado consultar el Archivo Profundo.


David miró hacia las estanterías.


—¿Archivo Profundo?


La antigua Exploradora señaló la oscuridad situada más allá de las últimas lámparas.


—Lo que ves desde aquí es solo la primera sección.


David intentó distinguir algo, pero no pudo.


—¿Y qué hay detrás?


—Lo que todavía no sabemos interpretar.


La respuesta llegó de Juan José.


David se volvió hacia él. Por primera vez desde que habían llegado a la Universidad, el veterano parecía conocer exactamente aquel lugar.


—Has estado aquí.


Juan José no respondió.


David observó su rostro.


—Has estado aquí —repitió.


La antigua Exploradora bajó ligeramente la mirada.


El Regente cerró el gran libro.


Juan José permaneció unos segundos contemplando las estanterías.


—Hace mucho tiempo.


—¿Cuánto?


—Mucho.


—Eso no es una unidad de medida.


—Cuando llegues a mi edad empezará a serlo.


David sonrió, pero esta vez Juan José no lo acompañó. Algo había cambiado. Apenas un gesto, una tensión mínima alrededor de los ojos.


Suficiente. David lo conocía ya demasiado bien.


—¿Qué buscabas?


Juan José tardó en responder.


—Lo mismo que busca casi todo el mundo cuando llega hasta aquí.


—¿Una respuesta?


El veterano negó.


—La respuesta.


David comprendió inmediatamente. No una explicación, no una hipótesis, no una posibilidad. La respuesta. La que cerraría todas las demás preguntas.



Juan José se acercó al umbral.


—Cuando eres joven y empiezas a comprender algunas cosas del Terreno, ocurre algo peligroso.


—¿Qué?


—Empiezas a creer que, si sigues estudiando lo suficiente, llegará un momento en que dejarás de equivocarte.


La antigua Exploradora lo observaba en silencio.


—Aprendes anatomía, fisiología, patología, técnicas, protocolos, lees a quienes estuvieron antes que tú, acumulas herramientas y cada herramienta nueva te hace sentir que estás un poco más cerca.


Juan José levantó la vista hacia las estanterías.


—Hasta que un día confundes conocimiento con certeza.


David no dijo nada.


—Yo llegué aquí buscando esa certeza.


El Regente permanecía inmóvil.


—¿La encontraste?


Juan José sonrió.


—Encontré esto.


Abrió ligeramente los brazos hacia aquella inmensidad de libros.


David soltó una pequeña carcajada.


—Debió de ser decepcionante.


—Terriblemente.


Ahora sí sonrió el veterano.


—Entré convencido de que algún lugar de este archivo guardaba aquello que me faltaba. El principio que conectaba todas las piezas. La explicación capaz de convertir cada Terreno en algo predecible.


—¿Y cuánto tiempo estuviste buscando?


Juan José miró a la antigua Exploradora.


Ella respondió por él.


—Once microciclos.


David giró la cabeza.


—¿Once?


—Once.


—¿Aquí dentro?


—Prácticamente.


David miró a Juan José con una mezcla de incredulidad y diversión.


—¿Once microciclos encerrado leyendo?


—Era más joven.


—Eso no lo mejora.


—Tenía más pelo.


—Eso sí lo mejora un poco.


La antigua Exploradora rio, pero David reparó en algo. Ella sabía exactamente cuánto tiempo había permanecido Juan José allí. Once microciclos. No aproximadamente, once.


La miró. Después miró a Juan José.



—Vosotros ya os conocíais.


Ninguno respondió.


David sonrió.


—Interesante.


—No empieces —dijo Juan José.


—No he dicho nada.


—Precisamente.


El Regente pasó una página del registro.


—Al undécimo microciclo solicitó acceso al nivel inferior.


David volvió inmediatamente la atención hacia él.


—¿Y se lo concediste?


—No.


—¿Por qué?


El Regente miró a Juan José.


—Porque todavía buscaba respuestas.


David esperó.


—¿Y qué hay que buscar para poder entrar?


El Regente cerró nuevamente el libro.


—Nada.


David se quedó inmóvil.


—¿Nada?


—Nada.


—Entonces ¿para qué entrar?


—Exactamente.


David entrecerró los ojos.


—Esto empieza a parecer una secta.


Juan José soltó una carcajada y la antigua Exploradora también. Incluso el Regente pareció contener una sonrisa.


—Tranquilo —dijo Juan José—. Si fuera una secta ya te habrían vendido el mapa.


—Y probablemente el elixir.


—El elixir funciona —protestó David.


—No empieces tú tampoco.




Dónde sí y dónde no están las respuestas


El humor se desvaneció lentamente, porque Juan José seguía mirando hacia el interior.


David lo percibió.


Había algo allí. Algo que el veterano todavía no había contado.


—¿Volviste?


Juan José asintió.


—Años después.


—¿Y entonces te dejaron entrar?


Otro silencio.


—Sí.


David miró hacia la oscuridad. Por primera vez sintió verdadera curiosidad por aquellas estanterías que no alcanzaba a ver.



—¿Qué encontraste?


Juan José se volvió hacia él.


—Nada.


David esperó la sonrisa.


No llegó.


—¿Nada?


—Nada de lo que había ido a buscar.


El veterano señaló el bosque invisible al otro lado de los gruesos muros de la Universidad.


—Por eso volví allí fuera.


David comprendió. Los caminos, las personas, los cuerpos, las historias, todo aquello que Juan José llevaba años enseñándole sin llamarlo enseñanza.


—Los libros te devolvieron al Terreno.


—No.


Juan José negó lentamente.


—El Terreno me devolvió de los libros.


El Regente cerró la puerta y la inmensa biblioteca desapareció detrás de la madera. El sonido de la cerradura resultó sorprendentemente pequeño.


David permaneció mirando aquella puerta durante unos segundos. Ya no sentía la misma necesidad de atravesarla y precisamente entonces el Regente sacó la llave. La depositó sobre la mesa, frente a él.



David la contempló. Después levantó los ojos.


—¿Qué haces?


—Dejarla aquí.


—¿Para qué?


El Regente comenzó a alejarse.


—Por si algún día quieres utilizarla.


David miró la llave, después la puerta, después nuevamente la llave.


—Pero acabas de decir que no puedo entrar.


El hombre se detuvo.


—No.


Giró ligeramente la cabeza.


—He dicho que hoy no puedes.


Y continuó caminando.


David permaneció inmóvil.


Juan José pasó junto a él.


—Yo la dejaría donde está.


David observó la pequeña llave.


—¿Porque no estoy preparado?


Juan José se detuvo. Aquella pregunta sí merecía una respuesta.


—No.


Se acercó un poco.


—Porque por primera vez desde que comenzamos a caminar...


Miró la llave.


—...no la necesitas.


Y siguió adelante.


David permaneció solo unos segundos. Delante de él había una puerta, una llave y detrás de aquella puerta, posiblemente, siglos enteros de conocimiento esperando.



Unas semanas atrás habría intentado abrirla. Unos meses atrás habría preguntado qué necesitaba hacer para conseguir permiso. Unos años atrás quizá habría dedicado once microciclos a encontrar la respuesta correcta. Esta vez simplemente contempló la llave. Después se dio la vuelta y siguió caminando.


Nadie lo felicitó. Nadie señaló lo que acababa de ocurrir.


El Regente continuó avanzando. La antigua Exploradora caminó junto a él. Juan José ni siquiera volvió la cabeza, pero cuando David los alcanzó, descubrió algo. La mujer estaba sonriendo, el Regente también y Juan José llevaba las manos metidas en los bolsillos con esa expresión satisfecha que David comenzaba a conocer demasiado bien.


—No digáis nada.


—Nadie ha dicho nada —respondió Juan José.


—Precisamente.


Continuaron caminando y detrás de ellos quedó la llave. Delante aguardaban todavía muchos corredores y, en algún lugar bajo sus pies, grabadas sobre una puerta que David todavía no comprendía, dos líneas continuaban avanzando juntas hasta que una de ellas cambiaba de dirección.


Quizá aquello tampoco fuera una ruptura y todo cambio verdadero comenzara exactamente así: no cuando aparecía un camino nuevo, sino cuando uno descubría que ya no necesitaba seguir recorriendo el antiguo.




El cambio en silencio


Abandonaron las galerías poco antes del anochecer.


Cuando volvieron a atravesar las puertas del Aula Magna, la Universidad Bioseñatista parecía distinta. O quizá era David quien la miraba de otra manera.


El sol descendía detrás de las montañas y las últimas luces recorrían lentamente las torres, los tejados y los grandes muros de piedra. En la plaza continuaban caminando estudiantes, maestros, cartógrafos y antiguos Exploradores. Algunos transportaban libros. Otros discutían junto a los jardines. Muchos simplemente regresaban a sus estancias.



La Universidad seguía exactamente donde había estado durante siglos. Sin embargo, algo había cambiado.


David descendió varios escalones y se detuvo. Juan José quedó a su lado.


—¿Qué ocurre?


David movió ligeramente una pierna. Esperó unos segundos y habló.


—Nada.


Juan José lo observó.


—Eso suele ser bastante.


David sonrió. Todavía sentía cansancio. El sabor extraño no había desaparecido completamente y sabía que aquella noche quizá regresara alguno de los calambres que durante los últimos días parecían recorrer caminos propios bajo su piel. Pero ya no necesitaba saberlo. Al menos, no en aquel momento.


Respiró.


La antigua Exploradora y el Regente permanecían unos metros más arriba, frente a las grandes puertas del Aula Magna.


David se volvió hacia ellos.


—Supongo que mañana podré hacer algunas preguntas.


El Regente cruzó las manos detrás de la espalda.


—Puedes hacerlas hoy.


—¿Y vais a responderlas?


La antigua Exploradora sonrió.


—Eso ya es otra pregunta.


David negó con la cabeza.


—Definitivamente voy a necesitar varios microciclos aquí.


Juan José comenzó a bajar las escaleras.


—Eso mismo dije yo.


David lo miró.


—Once.


El veterano se detuvo.


—No hacía falta recordarlo.


—Once microciclos.


—David...


—Encerrado leyendo.


La carcajada de la antigua Exploradora descendió por la escalinata. Incluso el Regente volvió la cabeza para ocultar una sonrisa.


David alcanzó a Juan José y ambos continuaron caminando hacia la plaza. Después de unos pasos, David miró hacia atrás. La antigua Exploradora permanecía allí y el Regente se había colocado a su lado. Ella buscó su mano y él la tomó con absoluta naturalidad. Durante un instante dejaron de parecer los Regentes de una institución milenaria. Eran simplemente dos personas que, muchos años atrás, habían encontrado un mismo lugar desde caminos diferentes.


David contempló aquella escena unos segundos y después continuó caminando. No preguntó, ya habría tiempo.


Muy por debajo de ellos, la Universidad permanecía en silencio. Las lámparas de las galerías habían comenzado a apagarse una tras otra. Una, después otra, después otra. Hasta que únicamente permaneció la oscuridad.



En algún punto del nivel inferior, la puerta sin cerradura seguía cerrada. Sobre ella, las dos líneas permanecían inmóviles. Habían sido grabadas allí mucho antes de que David naciera. Mucho antes incluso de que Juan José atravesara por primera vez aquellos corredores buscando una respuesta que nunca encontraría.


Una corriente de aire recorrió nuevamente la galería. Esta vez no levantó polvo, no movió ninguna página, no produjo sonido alguno. Llegó hasta la puerta y desapareció.



Aquella noche David durmió dentro de los muros de la Universidad Bioseñatista. No soñó con puertas, ni con archivos, ni con el Dark Noise. Durmió. Simplemente. Y mientras él descansaba, su Terreno continuó haciendo aquello que llevaba haciendo desde mucho antes de que aprendiera a escucharlo, cambiar. Sin pedir permiso, sin ofrecer explicaciones, sin necesitar testigos. En silencio.




¿Quieres conocer la ciencia que inspiró esta historia?


El mapa continúa aquí.


 
 
 

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